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¿Es valioso el saber por sí mismo?

¿Valoramos el saber por sí mismo o sólo por los beneficios que nos aporta?

Sensory neurons in the dorsal root ganglion of a rat containing substance P (red) and mu-opioid receptors (green).
Neuronas sensoriales en la raíz del ganglio dorsal de una rata que contienen substance P (rojo) y el receptor mu de opiáceos (verde). Imagen de microscopio confocal por el autor.

Sistemas de ética y la cuestión del valor intrínseco del saber

Últimamente me ha venido intrigando la idea de que los sistemas éticos existentes no responden adecuadamente a la pregunta de si las cosas tienen valor intrínseco. La más importante de estas cosas es el saber. ¿Lo valoramos como un fin o como un medio?

  • Muchas religiones consideran la adquisición de saber como un acto de arrogancia o de apropiación de algo que pertenece a Dios. Así, en el cristianismo el Pecado Original fue comer del Árbol del Conocimiento, lo que parece ser una metáfora de aprender algo que no deberíamos. Más tarde, la Torre de Babel fue considerada como un acto de arrogancia que debía ser castigado confundiendo a los hombres, quitándoles el saber.

  • La deontología no establece ningún deber particular respecto a la adquisición del saber, aunque sí condena mentir sobre algo que ya sabemos.

  • El consecuencialismo, y el utilitarismo en particular, se basan en maximizar la felicidad para el mayor número de personas. Más conocimiento podría o no hacernos más felices. Por ejemplo, saber que somos solo una mota en la inmensidad del cosmos, y que la duración de la especie humana es minúscula en comparación con la extensión del Tiempo Profundo, es más probable que nos lleve a la desesperación que a la felicidad. Entonces, de acuerdo con estos sistemas de ética, no solo el saber no tiene un valor intrínseco, sino que podría no ser bueno.

  • La ética de la virtud se basa en el desarrollo moral de las personas. Para ella, el conocimiento tiene un valor instrumental como vía para alcanzar la sabiduría, la prudencia y otras virtudes. Por lo tanto, considera el conocimiento como un medio, no como un fin.

Por lo tanto, si cosas como el saber, una obra de arte o una especie tienen valor en sí mismas, esto parece requerir un nuevo sistema de ética. Habría que comparar su valor intrínseco con el valor que asignamos a la felicidad, la virtud o el cumplimiento del deber.


La relevancia práctica de esta pregunta

Ésta no es una pregunta vanal. Las sociedades modernas se enfrentan a decisiones prácticas que dependen de si el conocimiento tiene valor intrínseco o no:

  • ¿Es correcto invertir enormes cantidades de dinero en exploración espacial, aceleradores de partículas o experimentos en astrofísica, cuando su aplicación práctica es dudosa?

  • ¿Es correcto utilizar animales para experimentos que solo aumentarían nuestro conocimiento, sin ninguna aplicación práctica clara?

  • ¿Se debe difundir el conocimiento científico a toda la población, a riesgo de que algunos individuos o estados lo utilicen para fines nefastos?

El valor práctico frente al valor intrínseco del saber

Los beneficios de la civilización moderna no habrían sido posibles sin la gran cantidad de conocimientos acumulados por la ciencia. Existe un general acuerdo de que la inversión en investigación científica se justifica por las innovaciones técnicas que aporta la ciencia.


La Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría nos enseñaron que el país con mayor conocimiento científico y tecnológico tendrá la ventaja militar. Por lo tanto, para ser poderoso, un país debe invertir en ciencia.


Desde el punto de vista económico, la ciencia trae nuevos inventos que contribuyen a la riqueza de una nación. Por lo tanto, los gobiernos intentan invertir en los aspectos de la ciencia relacionados con la salud pública, el desarrollo económico y el poderío militar. Pero los científicos les advierten constantemente que es imposible saber qué partes de la ciencia contribuirán a nuevos inventos, por lo que tiene que haber inversión en ciencia básica.


Sin embargo, cuando dicen eso, los científicos no están siendo completamente honestos. La mayoría de los científicos sentimos que hacemos ciencia porque queremos adquirir conocimiento por sí mismo.


Y no son solo los científicos los que se esto. Las ciencias más populares tienen poca o ninguna utilidad: la astrofísica, la física de partículas y la biología evolutiva, por ejemplo. Las imágenes tomadas por las sondas en Marte son realmente asombrosas, pero tienen poca relevancia práctica. Incluso si colonizar Marte no fuera una quimera, hacerlo sería de poco beneficio para los que nos quedáramos aquí en la Tierra. La verdad es que nos inspiran los descubrimientos en estas áreas porque nos llenan de asombro. Muchas personas sienten que la ciencia es algo valioso en sí mismo.


Los peligros del saber

El conocimiento no sólo no siempre es beneficioso, sino que puede ser francamente peligroso.


No hay garantía de que los descubrimientos científicos siempre funcionen para el bien de la humanidad.


Hay quien dice que la razón por la que no encontramos otras civilizaciones en las estrellas es porque cada civilización finalmente hace un descubrimiento que la condena a la extinción. Las bombas nucleares son un buen ejemplo: ahora tenemos el poder de destruirnos a nosotros mismos y a gran parte de la vida en la Tierra.


La biotecnología está facilitando cada vez más el desarrollo de nuevas enfermedades. Imaginaos si descubrimientos futuros hicieran posible crear un agujero negro que se trague la Tierra. O una nanomáquina (“polvo gris”) que convierte en sí misma todo lo que toca. O una forma de vida que se come toda la biosfera y se convierte en la única especie del planeta.


El deseo de saber es una parte esencial del ser humano

Y, sin embargo, sentimos en nuestros huesos que aprender sobre el mundo y sobre nosotros mismos es nuestro destino.


La ciencia nos ha dado las maravillas tecnológicas que hacen posible nuestras cómodas sociedades pero, lo más importante, nos ha liberado de nuestros miedos ancestrales. Ya no tememos a los relámpagos, al viento o a las olas. Sabemos que son la manifestación de leyes físicas básicas, no de los caprichos de alguna deidad que necesita ser apaciguada. Sí, los fenómenos naturales todavía pueden matarnos, pero saber lo que son nos proporciona control sobre ellos.


La historia nos ha enseñado que el saber significa poder, confort y libertad. Pero, profundizando más, somos la primera especie que ha conquistado todo el planeta, y lo hemos hecho porque nuestros gigantescos cerebros nos permitieron entender el mundo. Anhelar el conocimiento está en nuestro ADN. Es lo que nos hace humanos.


Yo incluso diría que valorar el conocimiento porque es útil es entenderlo al revés. ¿Y si lo que hace que los seres humanos seamos valiosos es nuestra capacidad de recopilar conocimientos?


En nuestra búsqueda interminable de sentido, podemos encontrarlo en el saber. Porque es lo que dejamos cuando nos morimos, para que otros lo disfruten. O quizás porque el saber tiene sentido por sí mismo.


Copyright 2021 Hermes Solenzol

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Veo sufrir lo suyo a los científicos cuando, en un medio de comunicación, les preguntan sobre algún nuevo avance. La/el periodista siempre hace la inevitable pregunta: ¿qué beneficios puede tener este conocimiento para la vida de las personas? Todo un eufemismo para decir ¿Y esto para qué vale?

¿Y para qué vale la filosofía, y la creación artística, y la belleza?

Hay muchas cosas que tienen un valor intrínseco: nos gusta saber, lo llevamos en el ADN, encontramos un gran placer en adquirir conocimientos, y a la larga nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos y el mundo en el que vivimos.

El problema, pues, no lo tienen los que investigan, ni los que crean o filosofan, pintan o componen.…


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