Capturados por los narcos gallegos

Actualizado: 20 jun

Pasaje de mi novela Para volverte loca

Punta de Couse
Punta de Couso con la Isla de Onza al fondo. Foto del autor.

Punta de Couso, miércoles 2 de julio, 1980


Julio no pegó ojo en toda la noche, dándole vueltas a todas las variantes de los planes que habían hecho.


Antes del amanecer, un tipo joven vino a traerles zumo de naranja de bote, que les dio a beber sin desatarlos. Luego los sacaron al pasillo. Junto al portón que daba al mar estaban Fandiño y don Francisco, vestidos con impermeables de marinero. Junto a ellos había dos hombres jóvenes. Parecían nerviosos.


Aparecieron Cipriano y el otro tipo que los había detenido.


-As planeadoras xa están na rampla, patrón -dijo Cipriano en gallego.


-Abre a porta -dijo Fandiño.


Fandiño sacó una pistola y abrazó a Laura por detrás, pegándose a ella.


-Tú te vienes conmigo, guapa. Rogelio, tú a la segunda planeadora.


A Julio se le cayó el alma a los pies. Pensaban usarlos como escudos humanos. No se le había ocurrido esa posibilidad. Laura no podría escaparse con una pistola pegada a ella. Le hizo un gesto de resignación. Mejor que no intentara nada.


Las dos planeadoras estaban alineadas en la rampa sobre sus remolques. Eran enormes, con seis motores fueraborda cada una. Fandiño fue con Laura a cubierto de la segunda planeadora. La hizo subir a la primera y empujó el remolque al mar. Se hundió en el agua, dejando a flote a la planeadora. Fandiño retuvo la embarcación con un cabo y saltó a bordo.


Los motores ronronearon. Fandiño maniobró para acercar la motora a la rampla.


-Ahora nos toca a nosotros -Don Francisco sacó su pistola y lo abrazó por la espalda.


Fueron a cubierto de la segunda planeadora hasta detenerse bajo la popa. Cipriano, mirando con ansiedad al monte a su izquierda, empezó a empujar el segundo remolque al agua.


Entonces empezaron los disparos. Cipriano cayó al suelo, herido de bala. Trozos de plástico de la segunda planeadora volaron sobre sus cabezas.


Don Francisco lo agarró por la muñeca y lo metió de un empujón en la planeadora de Fandiño, tirándosele encima. Los motores rugieron. La motora empinó la proa e hizo un giro pronunciado a la derecha, escorando para protegerlos de los disparos. Julio oyó varias balas incrustarse en el casco.


Don Francisco rodó a un lado. Osó levantar la cabeza. Se dirigían hacia las mejilloneras a una velocidad prodigiosa. Mirando hacia atrás, vio que Cipriano se arrastraba sobre el muelle. Los hombres de Benito habían bajado a la rampla y empujaban a la otra planeadora al agua.


Una mejillonera pasó al lado como una exhalación. Fandiño esperó que varias mejilloneras más se interpusieran entre ellos y los hombres de Benito. Con un giro pronunciado a la izquierda, puso proa a mar abierto.


Fandiño y don Francisco miraban al caserón de donde habían salido. Los hombres de Benito habían echado la segunda planeadora al agua y la estaban abordando.


Laura estaba en la proa, echa un ovillo. Le indicó con la cabeza que saltara al agua. Estaban todavía cerca de la costa. Laura no pareció entenderlo. Caminando sobre sus rodillas, fue hacia ella. Apenas había dado dos pasos cuando el salto de la planeadora sobre una ola lo hizo caer al suelo.


Cuando se incorporó tenía a don Francisco al lado, apuntándolo con la pistola. Le indicó por gestos que fuera a sentarse junto a Laura. Él se sentó más atrás, sin dejar de apuntarlos.


Julio luchó por desatarse, pero no conseguía encontrar el cabo correcto para deshacer el lazo. Don Francisco no le quitaba el ojo de encima. Cuando finalmente consiguió soltar sus ataduras, los acantilados de la punta de Couso ya se habían quedado atrás. Laura le devolvió una mirada desalentada. Ella también debía haberse desatado, pero sería suicida intentar nada ahora. Uno de los dos se iba a llevar un tiro, seguro. Y la costa quedaba ya demasiado lejos.


La planeadora daba botes en las olas. El sol despuntó tras los montes, arrancando reflejos en algo que se movía junto a la punta de Couso. Era la otra planeadora, que había salido en su persecución.


* * *


Laura se cogió las manos a la espalda y apretó el cuerpo contra la borda para ocultar que se había desatado. No era fácil, con los botes que la planeadora daba en las olas. Don Francisco tuvo que guardarse la pistola para poder agarrarse a la borda. Pero la costa estaba tan lejos que sería un suicidio intentar ganarla a nado. Don Francisco miraba nerviosamente hacia atrás. Las dos planeadoras iban a la misma velocidad. No les darían alcance hasta que llegaran a su destino, que seguramente sería un barco que les pasaría la cocaína en mar abierto.


Julio reptó para poder hablarle al oído. Aun así, tuvo que gritar para hacerse oír por encima del rugir de los motores y los golpes de la embarcación contra las olas.


-Vamos a pasar cerca de las Islas de Ons. Si saltamos al agua, podremos llegar a ellas.


Ladeó el cuerpo para mirar hacia adelante. La planeadora se dirigía a mar abierto, pero un poco a la derecha quedaba la la Isla de Onza, más pequeña de las Islas de Ons. Al otro lado, a la distancia, se divisaban las escarpadas montañas de las Islas Cíes.


¡Es una locura! El agua está helada, moriremos de hipotermia antes de llegar a la isla. ¿Pero qué alternativa nos queda? Seguramente planean tirarnos al agua en mar abierto para que nadie nos encuentre. Si saltamos, al menos tendremos una posibilidad.


Tenía que estar preparada para cuando llegaran a la altura de las islas. Fandiño iba al timón en medio de la barca, mirando hacia adelante con concentración para sortear las olas. El problema era don Francisco, que seguía junto a ellos. Su vista oscilaba entre ellos y la embarcación que los perseguía.


La isla de Onza se acercaba rápidamente por la derecha: una loma de tojos verde oscuro. Ahora casi eclipsaba la isla de Ons. Pero parecía imposiblemente lejos.


-¡Ahora, Laura! ¡Tú primero! -le gritó Julio al oído.


Se puso en pie y se agarró a la borda. El agua pasaba a una velocidad espantosa. ¿Podría sobrevivir el impacto?


¡No seas tonta, Laura, es como caerse haciendo esquí acuático!


Pero la duda la había hecho perder un tiempo precioso. Don Francisco se abalanzó hacia ella gritando algo incomprensible. La cogió por los brazos. Julio se puso en pie y le pegó a don Francisco un fuerte puñetazo, pero él no la soltó. Julio agarró a don Francisco por las solapas de su impermeable y tiró de él hacia la borda. Laura comprendió lo que intentaba hacer. Se dejó caer hacia atrás.


Con su peso combinado, arrastraron a don Francisco. Cayeron los tres al agua.


Continúa en Náufragos en la isla de Onza.

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