Náufragos en la isla de Onza

Pasaje de mi novela Para volverte loca. Continuación de Capturados por los narcos gallegos.


Puesta de sol en las islas de Ons
Puesta de sol en la isla de Onza (izquierda) y la isla de Ons (derecha). Foto de Hermes Solenzol.

-¡Vamos, Laura! -le dijo Julio-. Ahora viene lo más difícil. Tenemos que llegar a la isla.


Por primera vez, Laura notó lo fría que estaba el agua. La isla se veía lejana, pero no debía estar a más de dos o tres kilómetros de distancia. Había nadado trechos más largos en Mallorca. El problema iba a ser la hipotermia. Dio un par de brazadas tentativas.


-La ropa no me deja nadar -le dijo Julio-. ¿Me la quito?


-Sí, mejor nos quedamos en ropa interior. La ropa mojada no nos protegerá del frío.


-Vale, pero no te quites los zapatos. Nos harán falta para andar por la isla.


Laura se quitó la camisa y la dejó hundirse en el mar. Julio le sostuvo las zapatillas mientras se quitaba los pantalones. Se volvió a calzar los tenis, anudándolos bien fuerte para que no se le cayeran al nadar. Luego ella sostuvo los botines de Julio mientras él se desnudaba.


En sujetador y bragas podía nadar tan libremente como con un traje de baño. Se impuso un ritmo firme pero pausado. El ejercicio la ayudaría a entrar en calor.


* * *


Nadar a crawl contra las olas no era fácil, pero Julio sabía que era manera más rápida y eficaz de moverse. Ninguna energía se malgastaba en mantener la cabeza fuera del agua, el cuerpo ofrecía la menor resistencia posibles, y brazos y piernas trabajaban con su mejor rendimiento. Aun así, cuando giraba la cabeza para tomar aire, a veces se le metía agua en la boca, rompiendo el ritmo de su respiración. Las olas chocaban contra sus brazos cuando los movía hacia delante, minando su inercia. Le parecía estar siempre en el mismo sitio. Bajo él, la negrura de las profundidades amenazaba con tragárselo.


Las olas chocaban contra él una y otra vez. Dentro de su cabeza sonaba burlona la canción que habían cantado en la fiesta del bautizo:


¡Ondiñas veñen,

ondiñas veñen,

ondiñas veñen e van!

¡Non te vayas Rianxeira,

que te vas a marear!


Estaba tan exhausto, tan concentrado en mantener el ritmo de sus brazos nadando al crawl, que no podía evitar que esa estrofa se repitiese machaconamente, hasta que parecía que las propias olas la cantaban al chocar contra su cuerpo.


Volvió a tragar agua y esta vez no tuvo más remedio que detenerse, tosiendo y jadeando. La isla parecía imposiblemente lejos. No se veían más que olas rompiendo contra los acantilados. Aunque consiguieran llegar, morirían pulverizados contra las rocas.


Nunca había pensado que fuera a morir así, ahogado en el mar. Ahora sí que no volvería a ver a Cecilia.


Al menos no moriría solo. Tendría a Laura a su lado. La vio esperándolo unos metros más adelante. Le dio alcance y se abrazó a ella.


-¡Calma, calma! No… me… ahogues -dijo ella entre un castañeo de dientes.


-Sólo quiero… abrazarme a ti. Quiero que… muramos juntos.


-¡No digas tonterías! Vamos… a llegar a la isla. No vamos… a morir.


-¡Ya no puedo más! No tengo fuerzas… en los brazos y las piernas.


Ella le cogió la nuca, acercando su cara a la suya.


-¡No digas tonterías, Julio! Eres mucho más fuerte que yo.


-Sí, pero no soy tan buen nadador. Y… este agua… tan fría.


-Sí… es la hipotermia… le quita fuerzas a los músculos… La única solución es moverse… Seguir generando calor.


-Pero… no hay más que rompientes. Moriremos destrozados… en las rocas.


-Hay una playa… Se ve un poco de la arena.


Era verdad: se veía una mota blanca entre las rocas. Se imaginó una playa soleada, invitándolo a echarse en la arena a dejar que el sol le desentumeciera los huesos. Eso lo animó.


-¡Es verdad!


-¡Tenemos que llegar, Julio!


Aunque le parecía imposible, consiguió dar una brazada. Luego otra, y otra.


Los brazos le pesaban como si fueran de plomo. Le parecía que sus piernas habían dejado de moverse, que se arrastraban en el agua tras él.


Pasó una eternidad. La playa se veía ahora claramente, la arena blanca resplandeciendo bajo el sol. Le pareció ver manchas marrones bajo él, en el fondo del mar.


Laura se había detenido otra vez a esperarlo.


-Se ve… el fondo… Son algas. ¡Lo vamos a conseguir, Julio!


La manchas marrones eran algas. No tenía fuerzas para contestarle. Metió la cabeza en el agua y se esforzó en levantar el brazo una vez más. Y otra. Y otra.


* * *


Laura sintió crecer la esperanza en su corazón. Estaban al pairo de la isla, ya no había olas. El viento rizaba apenas el agua.


Hacía tiempo que Julio se había vuelto incapaz de hablarle, pero seguía nadando, despacio, mecánicamente, pero sin detenerse.


A la izquierda apareció un espigón de rocas que ofrecía una salida del agua, pero habría mejillones que podían cortarlos. Mejor seguir un poco más en el agua y salir por la arena.


Apenas se lo pudo creer cuando al fin sus dedos se enterraron en la arena de la orilla. Intentó ponerse en pie, pero la cabeza le daba vueltas. A su lado, Julio salió del agua a gatas. Lo imitó. Se arrastraron como pudieron sobre la arena húmeda de la bajamar, luego sobre arena seca que le quemaba las manos.


Julio se desplomó a su lado. Lo sacudió. Estaba inconsciente. Vagamente se dio cuenta de la amenaza que representaba quedarse dormidos, casi desnudos, bajo el sol fulgurante de principios de verano. Se puso a cubrir el cuerpo de Julio con arena. El estar bocabajo le protegería la cara de las quemaduras. Luego se acostó también y se enterró como pudo.


* * *


El sol estaba en el cenit cuando Julio se despertó. Tenía arena en la boca y la nariz. Se levantó, escupiendo y resoplando, dejando que la arena que lo cubría se escurriese a su alrededor.


Laura estaba a su lado, medio cubierta de arena. Le cogió la mano y le tomó el pulso. Su corazón latía con regularidad. Tenía los tobillos y los hombros enrojecidos donde no se los cubría la arena. Se puso a enterrarla sistemáticamente hasta que no quedó nada de ella expuesto al sol, salvo la melena rubia que le tapaba la cara.


¿Qué hacer ahora? Para llegar a la isla de Ons tendrían que atravesar la isla de Onza en toda su longitud y luego nadar otro buen trecho. No estaban en condiciones de hacerlo. Por la noche haría frío y estaban prácticamente desnudos. Tenía que hacer fuego.


Se puso en pie trabajosamente. Tenía agujetas en los brazos, pero sus piernas parecían haber recobrado las fuerzas. En las rocas que separaban la cala del mar abierto encontró varios trozos de madera que había traído el mar, así como redes, bolsas de plástico, y botellas de plástico y de vidrio. Una de ellas atrajo su atención: era una botella de vidrio claro, de ginebra Larios. Lo importante es que tenía los lados curvados. La llevó a la orilla de la playa y se puso a quitarle la etiqueta con arena.


-¿Qué haces con esa botella?


Levantó la mirada hacia Laura. Se puso en pie y la abrazó.


-¡Lo conseguimos, Laura! ¡Hemos sobrevivido!


-Sólo si conseguimos salir de este puto islote.


-¿Ahora te vas a poner de mal humor? Has nadado como una campeona. El que casi se ahoga fui yo.


-Te quedaste inconsciente en cuanto llegamos a la playa. ¿No sabes que es peligroso quedarse dormido al sol?


-Perdona. Se me olvidó traerme la crema solar.


Eso consiguió arrancarle una sonrisa.


-Te enterré para que no te quemaras. Pero yo no conseguí enterrarme tan bien, y ahora tengo un horrible dolor de cabeza.


-A lo mejor un bañito te sentaría bien.


-¡Tonto! -Le dio un empujón cariñoso-. ¡He tenido baño suficiente para todo el verano!


-Tenemos que prepararnos. Se nos echa la noche encima y va a hacer frío.


-¿No deberíamos seguir? La isla de Ons está habitada.


-Sí, pero para llegar hasta allí tenemos que cruzar esta isla y luego atravesar el estrecho a nado. Estamos demasiado débiles. Mejor lo intentamos mañana.


-Pero si nos quedamos aquí nos vamos a debilitar aún más. Aquí no hay comida, ni agua.


-Hay mejillones en las rocas. Son muy nutritivos y nos ayudarán a quitarnos la sed.


-O sea, que quieres que juguemos a los Robinsones… Aún no me has dicho qué estás haciendo con esa botella. ¿Es que has encontrado una fuente?


-No, la estoy limpiando para hacer un fuego.


-¿Con la botella? Lo que hay que hacer es frotar dos palitos, como los salvajes.


-¡Tú has visto muchas películas, Laura! ¡Lo de frotar palitos es un curre que no veas! Creo que la botella dará mejor resultado. Tú puedes ayudarme juntando madera. He visto unos buenos trozos en las rocas. Y en el monte hay tojos secos.


Acabó de limpiar la botella, la llenó de agua del mar y la llevó al final de la playa, donde Laura había juntado varios trozos de madera.


-Lo de los tojos secos no ha podido ser. Intenté subir al monte, pero hay demasiada maleza. Me arañé las piernas.


Julio suspiró. No se le podía pedir que evolucionara de pija a Robinson Crusoe en un par de horas.


-Lo haré yo. Tú ponte a coger mejillones, antes de que suba más la marea.


Laura tenía razón: la isla estaba cubierta de altas matas de tojos que le impedían el paso. Pero al secarse dejaban unos troncos resecos que arderían bien. Con un poco de estoicismo y alguna que otra maldición consiguió arrancar un par de matorrales resecos, con la mayor parte de sus hojas de púas. Se pasó un buen rato juntándolo todo y llevándolo a la esquina al fondo de la playa donde planeaba pasar la noche. Vio con satisfacción que Laura había juntado varias tablas y troncos. Había incluso una caja de las de fruta, que vendría de maravilla para empezar el fuego.


Miró al sol. Mejor poner en marcha su plan mientras estaba alto.


Laura se acercó trayendo una red rota y una bolsa de plástico llenas de mejillones.


-La marea está subiendo a toda pastilla, será mejor que me ayudes a coger más mejillones.


-Ahora lo urgente es encender el fuego, antes de que baje más el sol. Ayúdame.


Dispuso la mata de tojos secos con algunos troncos a su alrededor. Tapando la boca de la botella con la mano para que no se saliera el agua, la inclinó de tal manera que enfocaban la luz del sol sobre el tojo seco.


-¡Ah, has hecho una lupa! ¡Eres un genio, Julio!


Él no estaba tan seguro. En vez de concentrar la luz en un punto, la botella creaba una línea brillante que no conseguía prender los pinchos secos del tojo.


-¿Por qué no pruebas con esto?


Laura le ofrecía un trozo del cartón que formaba el fondo de la caja de fruta. ¡Buena idea! El color oscuro ayudaría a absorber el calor del sol. Mantuvo la botella sobre el cartón, haciendo un esfuerzo para mantener el foco concentrado sobre el mismo sitio. No era fácil. Tenía los brazos tan cansados que le temblaban las manos y el brillo del sol enfocado sobre el cartón le hacía llorar los ojos. Estaba a punto de darse por vencido cuando vio salir humo. Al cabo de un rato más se formaron unos pequeños puntos rojos. Pero no conseguía hacer llamas.


La mano de Laura se acercó, temblorosa, sosteniendo un trozo de una bolsa de papel.


-Es el único papel que he conseguido encontrar -murmuró.


Julio sopló con cuidado. El papel se oscureció, luego salió un pequeña llama.


-¡Los tojos, rápido!


En un momento la mata de tojos secos chisporroteaba alegremente. Julio fue añadiendo troncos de tojos, luego dispuso varias tablas alrededor del fuego.


-Tenemos que mantenerlo hasta la noche sin gastar demasiada madera.


-¡Estoy muerta de sed, Julio! ¿No has visto agua por ningún sitio?


-No, la isla es demasiado pequeña para tener ningún riachuelo. Voy a coger más mejillones, nos ayudarán a calmar la sed.


-¿Tú crees? Ha llovido un montón durante el mes de junio. Tiene que haber algo de agua en la isla, por pequeña que sea.


-Vale, pues a ver si la encuentras -le dijo con escepticismo.


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