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  • Un hechizo para dejar de sufrir por amor

    Retazo de mi novela Desencadenada Sabugueiro da folla repinicada polo Maio estralando de brancas frores collereiche un ramallo na madrugada pra facer un feitizo prós meus amores. [...] Pra este amor, sabugueiro, que me entolece, túas frores seguras menciña son, que ti tambén froreces cando frorece, vermeliño de rosas, meu corazón. Para facer un feitizo, canción de Na Lúa, letra de Fermín Bouza-Brey. Madrid, jueves 16 de marzo, 1978 Cecilia sintió una necesidad imperiosa de ver al Chino, de oírlo hablar con su voz calma, segura. En la calle soplaba un viento fresco de la sierra que zarandeaba las ramas aun desnudas de los árboles, los tiernos brotes que anunciaban la primavera apenas visibles en la luz tenue del atardecer. El viento arreciaba a ratos, revolviéndole el pelo, impidiéndole avanzar. Últimamente parecía que todo era así: a cada paso que daba, en cada cosa por la que luchaba, tenía que enfrentarse con fuerzas empeñadas en frustrarla. El anuncio de neón en letras rosa y púrpura estaba apagado, pero el portón de madera estaba entreabierto. Tony organizaba las botellas en las estanterías tras el bar. El Chino limpiaba mesas con una bayeta, pero se detuvo y se le acercó nada más verla. -Hola, Cecilia -le dijo, el rostro tan inexpresivo como de costumbre. -Hola, Yi Shen… ¿puedo hablar contigo un momento? Él le indicó que se sentara en una de las mesas. -Tiene que ser breve, porque estamos a punto de abrir -dijo sentándose a su lado. -Será sólo un momento. -Así que las cosas no van bien… -apuntó Yi Shen. Dejó caer la cabeza sobre sus manos, dejando escapar un suspiro de desaliento. -¡No podían ir peor! Mi mejor amiga, la que decía que me iba a ayudar a recuperar a mi novio, ha acabado liándose con él. El Chino le pasó los dedos suavemente por un mechón de pelo. -Debes de estar sufriendo mucho por eso. Hablaba con voz tranquila, que la calmaba y la ayudaba a deshacer el nudo que llevaba en la garganta, permitiéndole hablar sin estallar en sollozos. -Sí… he estado sufriendo todos estos meses. Nunca pensé que se podía sufrir tanto por amor. No sé si vale la pena… quizás sea mejor no enamorarse -dijo con amargura-. ¡Pero ya estoy harta, Chino! Quiero dejar de sufrir, pero no sé cómo. -No es necesario sufrir tanto. Se puede amar sin sufrir. -¿De verdad crees que eso es posible? ¿Cómo se puede evitar sufrir si estás tan enamorada como yo, y van y te dejan? Los ojos de Yi Shen se clavaron en los suyos, brillando intensamente. -Sí que creo que es posible dejar de sufrir. Es más, quizás sea la única cosa en la que creo: que existe el sufrimiento y que es posible superarlo. Eso es lo que creemos los budistas, en que existe una vía para evitar el sufrimiento. -Ya: el Nirvana. En eso es en lo que creéis los budistas, ¿no? Pero yo no creo que pueda alcanzar el Nirvana… ¿Tú has alcanzado el Nirvana, Yi Shen? -El Nirvana no es lo que tú te crees, no es un estado místico, fuera de este mundo. El Nirvana es simplemente saber cómo poner coto a tu sufrimiento, ser lo suficientemente sabios para vivir siendo felices. -¿Y cómo se puede hacer eso? ¿Cuál es la forma de dejar de sufrir? -La clave para dejar de sufrir es el desapego. La gente sufre por amor porque confunde el amor con la posesión. Piensa que aman, pero sólo quieren. Desean algo para ellos mismos y cuando no lo consiguen se sumergen en el dolor. Pero el amor verdadero es el que busca dar, no recibir. -No sé… a mí todo eso me suena a patrañas religiosas. Está muy bien eso de que amar es sólo dar, pero no es verdad, también queremos recibir. Necesitamos que nos amen. Amar si ser amados sólo lleva a la frustración. -Olvídate de tus creencias, Cecilia. Muchas veces creemos en cosas que nos hacen sufrir. Por ejemplo, se nos dice una y otra vez que el amor verdadero es eterno. Pero no hay nada eterno, la gente cambia constantemente y lo que sienten cambian con ellos. Quien te quiere hoy dejará de quererte mañana, o tal vez seas tú quien deje de quererle. Esa es la realidad. -Entonces es cierto lo que te decía antes: es mejor no enamorarse… Pero en el fondo me parece una postura muy cínica, la verdad. -No, no te estoy diciendo eso. Sí que hay que enamorarse. El amor es lo mejor que hay en la vida, y no podemos dejar de vivir. No podemos vivir creyendo que somos frágiles como el cristal y rodearnos de una armadura para protegernos de lo que pueda hacernos sufrir. Lo que realmente nos ayuda a no sufrir es darnos cuenta de que todo es transitorio y así no aferrarnos a nada. Hay que vivir el presente, sin preocuparse tanto de si lo que tenemos hoy lo tendremos mañana. Fíjate en lo que sientes, en la situación en la que te encuentras aquí y ahora. ¿Acaso no es el aferrarte a tu novio lo que te hace sufrir? Si él quiere dejarte, tienes que dejar que se vaya. Si de verdad lo quieres, debes empezar por respetar su libertad de seguir el camino que él elija seguir. -En eso tienes razón: la libertad es lo más importante para él. Si siente que se la quito, nunca más me volverá a querer. De todas formas, no veo cómo puedo dejar de aferrarme a él. Ya sé que si no lo hago no voy a dejar de sufrir, pero simplemente soy incapaz de hacerlo. -Dejar de sufrir es posible, pero no es fácil. Es mejor atacar el problema por otro lado: reconociendo y comprendiendo nuestras emociones. Son las emociones negativas las que se apoderan de nosotros y nos hacen sufrir. -¿Las emociones negativas? -Sí: el miedo, la ira, la tristeza, los celos, la culpa, la vergüenza… -Sí, cuando estuve aquí en nochebuena me hablaste de la tristeza. Me dijiste que nos seduce con su melancolía y que nos quita la energía. -Sí, eso te dije. Pero la tristeza también tiene su lado positivo, porque nos enseña el camino de la compasión. En este mundo tan lleno de sufrimiento, el que no se entristece alguna vez es que no tiene corazón. -¿No quedamos en que las emociones negativas son las que nos hacen sufrir? -Sí, pero creo que tu problema ahora mismo no es la tristeza. Es la ira. -¿Cómo lo sabes? -Porque tienes demasiada energía para estar bajo el hechizo de la tristeza. Debes de sentir mucha rabia por lo que te han hecho. -Sí, es cierto. ¿Pero qué le voy a hacer? ¿Cómo no voy a enfadarme después de lo que me han hecho? -No te lo han hecho a ti, ellos han hecho lo que querían hacer. Han seguido su camino, simplemente. Eres tú la que lo ves todo a través del prisma de tus deseos. Pero debes comprender que no importa lo que hagan los demás, tus emociones son tuyas, tú eres la que las sientes. Si tus propias emociones te hacen sufrir, la culpa es tuya y de nadie más. -¡Pero también es culpa suya! Son ellos los que me traicionaron, los que me hicieron daño. Si no me enfado es que no tengo corazón, como tú decías antes de la tristeza. -Cecilia, debes de tener mucho cuidado con la ira. De todas las emociones negativas, es la más dañina y la más peligrosa. En cuanto notes los primeros signos de rabia en tu pecho, apágalos como quien apaga un fuego. La cólera mata el amor, nos lleva derechos al odio. -¿Qué quieres decir con eso de que mata el amor? -El amor que sientes es algo muy valioso para ti, ¿verdad? -¡Claro que sí! Es lo más bonito que he sentido en mi vida. -Y debería seguir siéndolo. Aunque nunca más volvieras a estar con él, el recuerdo de ese amor te podría acompañar toda la vida. En tu mano está el guardar ese recuerdo como un tesoro. Sin embargo, si te centras en cómo te ha dejado y en la rabia que eso te causa, esa rabia borrará el amor que sientes, incluso hará que tu amor se convierta en odio. Tu ira se convertirá en una barrera infranqueable que nunca te permitirá recordar ese amor. Habrás perdido ese recuerdo para siempre, y en su lugar tendrás sólo un pozo de rencor. Cecilia se acordó de su madre y Jesús; aunque ella lo había perdido para siempre, al menos había conseguido guardar el recuerdo de su amor intacto. Ese recuerdo era el mayor tesoro que tenía. -Tienes razón… ¿Pero qué puedo hacer para dejar de estar enfadada con ellos? -Simplemente sigue tu camino, haz lo que sientes que tienes que hacer, y deja que ellos sigan el suyo. Quién sabe, tal vez más adelante tu camino se vuelva a cruzar con el de él. Si ahora no alimentas tu rencor, tal vez un día te sea posible retomar esa relación. -No creo que eso sea posible, las cosas han ido demasiado lejos. -No intentes adelantarte al futuro, que siempre estará lleno de sorpresas. Tampoco te aferres al pasado, pues ya no existe. Vive el presente, sigue tu camino paso a paso, a donde te lleve. Disfruta de tu vida, pues en definitiva es lo único que tienes. No se le había ocurrido mirarlo desde ese punto de vista. Aunque, si lo pensaba bien, eso era precisamente lo que había estado haciendo desde que volvió de Santiago: recuperar sus propios sentimientos. Dio un profundo suspiro de alivio. Se metió los dedos de las dos manos en el pelo y se lo peinó hacia atrás, luego lo sacudió. Se sorprendió al darse cuenta de que estaba sonriendo. Encuentra más escenas como ésta en la novela Desencadenada.

  • Mentiras sobre la prostitución: 1) Equiparar la prostitución con la trata de personas

    La mayoría de las prostitutas eligen su trabajo. La verdadera inmoralidad de la trata de personas debería ser la explotación de las inmigrantes de países pobres. Diferencias entre prostitución y esclavitud sexual La gran mentira sobre la prostitución es equipararla con la trata de personas. Ha sido denunciada en prestigiosas revistas médicas, como The Lancet (Butcher, 2003; Steen et al., 2015) y otras (Decker, 2013). Pero los políticos no hacen caso. Usan las palabras “prostitución” y “tráfico” indistintamente, como si fueran lo mismo. Es cierto que algunas prostitutas son obligadas a ejercer este trabajo. Las definiciones comunes de tráfico sexual se basan en dos criterios distintos: 1) menores que son explotados sexualmente (Willis y Levy, 2002), o 2) adultos que realizan trabajo sexual "en condiciones de fuerza, fraude o coerción" (Decker, 2013; Steen et al., 2015). El trabajo sexual forzado no debe llamarse prostitución, sino esclavitud sexual. Los científicos también han señalado que esta mentira tiene graves consecuencias, no solo para las trabajadoras sexuales, sino también para la población en general, porque socava gravemente la prevención del SIDA y otras enfermedades de transmisión sexual (Ditmore y Saunders, 1998; Steen et al. ., 2015). ¿Qué porcentaje de prostitutas son involuntarias? La excusa para esta confusión deliberada es que la mayoría de las prostitutas son traficadas, como proclamó El País en su editorial del 4 de septiembre de 2018, sin prueba alguna. De hecho, no está nada claro cuántas mujeres a las que se les paga por sexo son obligadas a hacerlo ("traficadas"). Esto no es casualidad. Da la impresión de que investigar sobre este tema se suprime de forma deliberada. O quizás sea que es extremadamente difícil hacer estadísticas sobre un negocio en el que el trabajador, el cliente y el empresario corren el riesgo de ir a la cárcel. las pocas veces que se investigación este tema es en países en vías de desarrollo del sur de Asia, como la India, Tailandia o Bangladesh (Decker, 2013). Luego, sus conclusiones se aplican automáticamente a la hora de crear legislación en Europa y Estados Unidos. Un estudio realizado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, Trata de personas hacia Europa con fines de explotación sexual (detalles en las páginas 7-9) aborda la dimensión de la prostitución en Europa y el porcentaje que sería explotación sexual. Número de víctimas de trata identificadas en Europa occidental y central (en 2006): 7,300 víctimas. Suponiendo que sólo se identifica una de cada 20 víctimas, la cifra total sería de 7,300 x 20 = 146,000 víctimas. Esta suposición es del informe de la ONU, no mía. Número estimado de prostitutas en 25 países europeos: 700,000 prostitutas. Extrapolando a la población total de Europa, daría alrededor de un millón de prostitutas. 146,000 víctimas / 1,000,000 prostitutas = 14.6% de las prostitutas son víctimas de explotación sexual en Europa. En un estudio realizado por Aella en su blog Knowingless, se comparan diferentes fuentes para la cantidad de prostitutas traficadas en los EE. UU.: “Entonces, en los EE. UU.: el informe Trafficking In Persons (Trata de personas) dice ~ 16,000 traficadas al año (si asumimos que pasan 2 años en esta situación, serían ~ 32,000 mujeres traficadas con fines sexuales). El informe del Centro de Derechos Humanos dice que 4,600 mujeres son objeto de trata sexual, el estudio de Ohio dice (¿quizás?) ~76,000 son objeto de trata sexual, y el mío dice ~39,000 son objeto de trata sexual. No sé si promediar esto es correcto, pero lo hice de todos modos, eso nos dejaría con 37,900 mujeres traficadas (o ~0.01 % de la población de EE. UU.)". What Percentage of Sex Workers in the US are Trafficked (¿Qué porcentaje de trabajadoras sexuales en los EE. UU. son traficadas?) por Aella. Aella estima que el número de trabajadoras sexuales en los EE. UU. está entre 830,000 y 1,200,000, que es similar al número de Europa. De estas cifras concluye: “Entonces: dada mi estimación de la prevalencia del tráfico sexual, calculo que alrededor del 3.2% de las trabajadoras sexuales activas en los EE. UU. son objeto de trata sexual”. What Percentage of Sex Workers in the US are Trafficked? (¿Qué porcentaje de trabajadoras sexuales en los EE. UU. son traficadas?) por Aella. Usando los números que da Aella, los límites superior e inferior del porcentaje de prostitutas víctimas de trata en los EE. UU. serían 9.5% y 0.38%. Incluso el porcentaje superior es más bajo que la estimación del estudio de la ONU en Europa. Yo creo que asumir que sólo se identifica 1 de cada 20 víctimas es incorrecto. Esta suposición es una mera conjetura y puede cambiar significativamente los porcentajes resultantes. En cualquier caso, incluso las estimaciones más altas muestran que es falso equiparar la prostitución con la trata de personas. La gran mayoría de las prostitutas eligen este trabajo voluntariamente. La verdadera trata de personas: la inmigración de países pobres Un hecho que rara vez se discute sobre la trata de personas es que mucha gente quiere ser traficada. Quieren emigrar de los países pobres de África, el sur de Asia, América Central y Sudamérica a los países ricos de Europa y América del Norte. Están tan desesperados que están dispuestos a arriesgar sus vidas para conseguirlo. Ser explotadas laboralmente, incluido en el trabajo sexual, no es lo peor a lo que se enfrentan. Mucho peor es morir, perder a sus hijos, ser esterilizadas a la fuerza, o ser encarceladas a manos del mismo Estado que santurronamente predica contra los horrores de la prostitución. Las mujeres indocumentadas de México o América Central que cruzan la frontera hacia los EE. UU. asumen que es muy probable que sean violadas en el camino. Estas mujeres, y las que cruzan el Mediterráneo en precarias embarcaciones para llegar a España, Italia o Grecia, tienen que entregar grandes sumas de dinero a sus coyotes o contrabandistas. A menudo, no tienen dinero a mano, por lo que asumen una deuda con los contrabandistas. La prostitución es simplemente una forma rápida de pagar esa deuda. Habrá quien diga que esto es sexo bajo coacción, pero el hecho de que el sexo esté involucrado no es el principal problema moral en esta situación. Lo importante es la injusticia económica que fuerza a la gente a llegar a estos extremos. Ha habido casos en los que mujeres inmigrantes han sido encerradas en fábricas secretas y obligadas a trabajar largas horas cosiendo en lo que puede describirse como la esclavitud moderna. Otras mujeres han sido obligadas a trabajar como criadas internas en casas de ricos. A menudo, les quitan sus hijos para chantajearlas. La inmoralidad de confundir prostitución y trata de personas La mayoría de las prostitutas lo son voluntariamente. La mayoría de las mujeres en la trata de personas no son prostituidas. Estas dos cosas se confunden a propósito para promover una ideología represiva que de otro modo sería tremendamente impopular. Este es un gran fracaso ético. Implica hacer la vista gorda ante una injusticia mayor que la explotación sexual: la gran diferencia de riqueza entre los países ricos y los países pobres a los que colonizaron en el pasado y que siguen explotando económicamente. El hambre y la violencia hacen que la vida en algunos de estos países pobres sea tan dura que los riesgos de la migración son la opción más racional. Si vivieras allí, tú también querrías ser parte de la trata de personas. Referencias Butcher K (2003) Confusion between prostitution and sex trafficking. Lancet 361:1983. Decker MR (2013) Sex trafficking, sex work, and violence: evidence for a new era. Int J Gynaecol Obstet 120:113-114. Ditmore M, Saunders P (1998) Sex work and sex trafficking. Sex Health Exch:15. Steen R, Jana S, Reza-Paul S, Richter M (2015) Trafficking, sex work, and HIV: efforts to resolve conflicts. Lancet 385:94-96. Willis BM, Levy BS (2002) Child prostitution: global health burden, research needs, and interventions. Lancet 359:1417-1422.

  • La ceremonia del té

    Pasaje de mi novela Amores imposibles A las cinco menos diez, Cecilia salió del ascensor en el tercer piso del edificio de la calle Altamirano número diecisiete. El corazón le palpitaba furioso cuando se detuvo frente a la puerta del apartamento de Laura. Se preguntó por qué estaba tan nerviosa. Laura le había dicho que le tenía preparada una sorpresa. Y que le iba a gustar. Eso lo dudaba mucho. Quizás quería provocarla para hacerla pelearse con ella, forzándola a romper el trato que había hecho con Julio. Pero estaba firmemente decidida a no hacerlo, aunque tuviera que tragar con carros y carretas. Como le había ordenado Julio, llevaba zapatos sin tacón y una falda gris, sin medias a pesar del aire frío que corría por la calle. Sólo faltaba lo más importante. Sacó el collar de cuero del bolso y se lo puso. Posó el dedo en el timbre y lo mantuvo ahí unos instantes antes de decidirse a presionarlo. Enseguida se oyó un ruido de tacones apresurados en el interior. Se abrió la puerta. Laura estaba más radiante que nunca. Se había puesto un vestido de punto color crema, cortito y ajustado, medias blancas de encaje y zapatos de tacón, también blancos. Estás guapa como una princesa, Laura, pero en el fondo no eres más que una bruja. ‑¡Cecilia! ‑dijo Laura, sonriente‑. ¡Hola guapísima! Pasa... ‑Hola, Laura ‑se limitó a decir mientras se desabrochaba el chaquetón. Laura le plantó un beso en cada mejilla, le cogió el chaquetón y lo colgó en el perchero. Sonreía sin parar, pero sus gestos rápidos delataban un cierto de nerviosismo. Llevaba el pelo arreglado en perfectas ondas de ámbar, como si acabara de salir de la peluquería. Collar y pendientes de perlas completaban un atuendo elegante con un tema de blancura. Laura la cogió por las dos manos y no la soltó hasta llegar a la sala de estar. El póster enmarcado de la Sagrada Familia lo dominaba todo. En la mesa de café delante del sofá, Laura había servido esmeradamente el té: mantelito y servilletas impecables, dos tazas con sus correspondientes platitos, tetera humeante y un plato con pastas de aspecto delicioso, unas con guindas verdes o rojas, otras rebañadas de chocolate. Contempló todo con cierto alivio. ¡Así que eso es todo! Laura sólo quiere tomar el té conmigo, pretender que volvemos a ser amigas. Con un poco de suerte podré salir pronto de aquí, olvidarme de todo y decirle a Julio que lo he obedecido. ‑Voy a poner algo de música ‑dijo Laura acercándose al tocadiscos‑. ¿Te gusta Supertramp? ‑Sí, mucho. Laura cogió un disco en cuya portada se veía un piano cubierto de nieve perfilado contra un cielo azul. Lo conocía bien, se lo había comprado el verano pasado. ‑Ya lo suponía. A mí me gusta más la música en francés, pero ya sé que a Julio y a ti os gusta este tipo de rock. Quiero que estés a gusto, como en tu casa. Siéntate, por favor. Laura le sonreía de forma amigable, pero en sus maneras había una cierta afectación que antes no había visto nunca en ella. Le hacía las visitas como se le hacen a un extraño, a una persona de la que se quiere obtener algo, no a una vieja amiga. Empezó a sonar el primer tema del disco: Give a little bit. Tradujo la letra en su mente mientras se sentaba en una esquina del sofá: alguien pedía un poquito de su tiempo, un poquito de su vida, un poquito de su amor… ¿Por qué había que andar siempre mendigando amor? Laura se había sentado en la otra esquina del sofá y la miraba atentamente. Cecilia se dio cuenta de que apenas había abierto la boca desde que entró en su casa. ‑¿Qué quieres conmigo, Laura? ‑¡Pues qué va a ser, que volvamos a ser amigas! Además, te tengo preparadas un par de sorpresitas que seguro que te van a gustar. ¡Verás qué bien nos lo vamos a pasar esta tarde! Creyó detectar un cierto tono de sarcasmo en su voz. ‑Amigas, ¿eh? Mira, te quiero dejar una cosa bien clara desde el principio. Sólo te la voy a decir una vez, para que luego no digas que me pongo borde. No somos amigas, Laura, ni lo vamos a ser nunca. ¿Está claro? El rostro de Laura se descompuso un instante. Luego su expresión se volvió seria, pensativa. ‑Sí, está claro ‑dijo con voz queda‑. Espero que pronto cambies de opinión. Hasta entonces, por favor, no me vuelvas a decir eso. Destapó el azucarero. ‑¿Cuántas cucharadas quieres? ‑Dos, por favor… He venido porque Julio me lo ha mandado. Sólo por eso. Laura le sirvió el azúcar en el té. ‑Sí, ya lo sé. Veo que llevas su collar, y eso significa que estás aquí siguiendo sus instrucciones. Sé que para ti es muy importante obedecerlo. ‑¿Qué te ha contado Julio de lo que hemos estado haciendo? Laura le clavó sus ojos azules de hielo. ‑Me lo ha contado todo, Cecilia. ¿Te apetecen unas pastas? ‑añadió, ofreciéndole el plato. Cecilia cogió un pastelito con una guinda verde y lo mordisqueó, pensativa. Estaba muy rico. ‑Así que te lo ha contado todo… ¡Para variar! Siempre te las arreglas para enterarte de mis intimidades, Laura. Supongo que tendré que acostumbrarme. ‑No te preocupes, Cecilia, que Julio no te volverá a dejar. Claro que tienes que portarte bien y cumplir tu parte del trato: ser respetuosa y obediente conmigo. ‑¿Obediente? ¡Nada de eso! El trato era que te trataría con respeto, nada más. ‑¿Acaso no te dijo que me obedecieras cuando te llamó el lunes? ‑Es posible… ‑reconoció. La cosa empezaba a tomar un cariz que no le gustaba nada, pero no quería llevarle la contraria a Laura. Laura le puso la mano en la rodilla. ‑Pues ya sabes, querida, tendrás que aguantarte y obedecerme. Pero no te preocupes, que no voy a ser muy mala contigo. Si te portas bien, claro. ‑¿Qué me vas a hacer, si se puede saber? ‑Eso ya lo irás viendo conforme avance la tarde. Por ahora, trátame con educación y respeto. No, no voy a pedirte que finjas ser mi amiga, pero tampoco quiero contestaciones airadas, ni silencios solemnes, ni caras largas. ¿Vale? ‑Vale. Cecilia suspiró, viendo esfumarse sus esperanzas de que todo aquello acabara pronto.. * * * Laura cogió delicadamente su taza de té por el asa y bebió un sorbo. La volvió a mirar fijamente por encima de la taza. ‑Pues entonces, si no te importa, me gustaría ver tu diario. Y no me vengas con disculpas, sé que lo tienes en el bolso. Julio te mandó traerlo. ‑¿Qué? ¡Pues claro que me importa! Ese diario es algo íntimo entre Julio y yo. ‑No, Cecilia, estás muy equivocada… Mira, te lo demostraré. Se levantó, abrió un cajón, sacó unos papeles y se los dio. Cecilia fue pasando las páginas sin poder dar crédito a sus ojos. ‑Las reconoces, ¿verdad? Son copias de tu diario. Si Julio no quisiera que lo leyera no me las habría dado ¿no? Sintió que se abría un abismo bajo sus pies. ¿Cómo podía Julio haberle hecho eso? ¿Cómo podía haberla traicionado así? Le había prometido que nadie más leería el diario. Se levantó, vacilante. Sólo podía pensar en una cosa: salir corriendo de allí y no volver a ver ni a Julio ni a Laura en su vida. Cogió el bolso y se dirigió apresuradamente a la puerta. Empuñó el picaporte para abrir, pero se detuvo. Recordó lo que se había prometido a sí misma antes de entrar allí: que tragaría sapos y culebras, pero haría lo que Julio le había pedido. * * * Volvió a la sala de estar. Laura tenía la cabeza entre las manos, los dedos hundidos en el pelo, los ojos perdidos en su taza de té. Levantó la vista con expresión de alivio cuando la vio volver. ‑Muy bien, vamos a jugar a este juego hasta el final ‑dijo dejándose caer en el sofá‑. No me gusta nada lo que habéis hecho, pero me voy a quedar aquí hasta saber exactamente lo que os traéis entre manos. Laura le sonrió, volvió a acariciarle la rodilla. ‑¡Pero si ya lo sabes! Es lo mismo que venías haciendo con Julio todo este tiempo, sólo que ahora has visto que yo también estoy en el ajo. Verás cómo no es tan terrible como te parece, no te arrepentirás. Venga, ¿me vas a dar el diario, o no? Lo sacó del bolso con dedos temblorosos y se lo dio a Laura. ‑Total, ya lo has leído ‑dijo con fingida indiferencia. ‑Algunas partes no... Laura deshizo el broche y abrió el diario por la primera página, la que había sido mojada con sus lágrimas y manchada con su sangre. Los párrafos a continuación, en su puño y letra, contaban en detalle lo ocurrido en aquel hostal de Toledo. Laura se detuvo brevemente a contemplarla, luego pasó varias páginas hasta llegar a lo último que había escrito. ‑¡Ah! ¿ves? Esta parte aún no la había leído. Sírveme más té, por favor. Cecilia le llenó la taza. ‑Gracias ‑le dijo Laura, y se sumergió en el diario, bebiéndose el té en pequeños sorbos. * * * Cecilia se acabó su taza de té y se comió un par de pastas, sin saber muy bien qué otra cosa hacer. No se atrevía a interrumpir a Laura en su lectura. ‑Anda, quítate las bragas ‑le dijo Laura en tono casual, sin dejar de leer. ‑¿Qué? Laura levantó la vista y la miró intensamente. ‑Me has oído perfectamente: quiero que te bajes las braguitas. Sin rechistar. ¡Me está dominando! La muy cabrona me quiere dominar. ¡Y encima lo está haciendo muy bien! Bueno, vamos a ver hasta dónde es capaz de llegar. Cecilia se incorporó un poco para bajarse las bragas bajo la falda. Todavía le temblaban las manos. Laura la miraba ocasionalmente de reojo. Las deslizó piernas abajo. Luchó un momento para desengancharlas de los zapatos. ‑Ponlas aquí, sobre la mesa ‑Laura apartó la tetera y el plato de pastas para hacer un hueco justo en el centro de la mesita de café. Cecilia tiró las bragas hechas una bola encima de la mesa. Laura la miró severamente. ‑No, así no. Extiéndelas, que se vean bien. Cecilia las estiró y las alisó sobre la mesa. Eran unas simples braguitas negras de algodón, nada de lencería fina, pero le gustaban. Daban una nota chocante en medio del lujoso juego de té. ‑¿Te gustan así? ‑Perfecto. Son muy monas. Laura volvió a sumergirse en la lectura, como si nada hubiera pasado. Cecilia no se atrevió a interrumpirla. Se sentía doblemente desnuda y vulnerable: por la ausencia de ropa bajo su falda y al recordar las cosas íntimas que había escrito en las páginas que leía Laura. Cogió otra pasta y la mordisqueó. Comprendió que ésta no iba a ser una visita de cortesía, sino una prueba de degradación a manos de Laura. Iba a jugar con ella como un gato con un ratón. Curiosamente, la idea la llenó de una extraña excitación. Un temblor en las manos de Laura cuando pasaba las hojas traicionaba su nerviosismo. ¿O era también excitación? Finalmente Laura dejó el diario encima de la mesa, junto a las bragas. Cecilia alargó la mano para cogerlo, pero una mirada severa de Laura la disuadió. ‑Ya veo que quieres dominarme, pero no te va a ser tan fácil, tengo mucha experiencia en estas cosas. ‑Al final lo has comprendido ¿eh? Bueno, no te preocupes, creo que sabré estar a la altura de las circunstancias. Por lo pronto me lo estoy pasando muy bien, viendo cómo te retuerces preguntándote qué te voy a hacer. Sabiéndote desnudita bajo tu falda ‑señaló con un ademán a sus braguitas en medio de la mesa‑. ¿Otra pasta? ‑le ofreció el plato. Cecilia aceptó el dulce. Tenía que reconocerlo: a Laura no se le daba nada mal ese juego. ‑Gracias, están muy buenas. No te tenías que haber tomado tantas molestias por mí. ‑¿Te refieres al té y a que me he arreglado? ‑Laura le dirigió una sonrisa maliciosa‑. Bueno, tengo que confesarte que lo he hecho por mí. Me gusta hacer las cosas con estética, con elegancia. Mi estilo es muy distinto al de Julio. Él te trata con rudeza, casi con brutalidad. Yo creo que este tipo de actos perversos son más poderosos cuando se hacen con elegancia y refinamiento. En eso creo que puedo contar contigo, porque tú sabes muy bien como conservar tu dignidad, Cecilia. Es una de las cosas que más me gustan de ti. Lucharás por mantener tu dignidad y eso hará que lo que pase aquí esta tarde se mantenga siempre dentro del más estricto buen gusto. ‑Ya veo… ‑No pudo evitar esbozar una sonrisa. Tenía que reconocer que eso le gustaba. Laura había conseguido mantenerla en vilo, llevarla el límite para volver a atraerla cuando estaba a punto de saltar. Sí, hasta había logrado ponerla un poco cachonda. De todas formas, ahora que sabía de qué iba el juego, no pensaba ceder ante ella. Pero se dio cuenta de que Laura utilizaba su propia resistencia contra ella: al forzarla a estar siempre a la defensiva, cada cosa que conseguía se convertía en victoria para Laura y en humillación para ella. ‑¿Quieres más pastas? ‑No, gracias. ‑Entonces llévate todo esto a la cocina. Menos tus braguitas. Déjalas donde están, me gusta verlas. Laura volvió a coger el diario, mostrando claramente que no pensaba ayudarla. Cecilia apiló las tazas y los platos y se los colocó en el brazo, cogiendo también la tetera y el azucarero. Laura la miró de reojo. ‑No lleves todo a la vez, se te va a caer algo. ‑He sido camarera ‑le respondió desafiante. ‑¡Ah sí, claro! Se me había olvidado ‑dijo distraídamente. Volvió su atención al diario. Metió las tazas en el fregadero y colocó la tetera y el plato de dulces en mitad de la mesa de la cocina. Cogió una de las pastas que quedaban y la mordisqueó, pensativa. Caer en la trampa que le habían preparado Julio y Laura se le antojó tan dulce como la pasta que se estaba comiendo. La tentaba una extraña mansedumbre, un deseo de dejarse llevar por lo que fuera que habían planeado hacerle. * * * ‑Cecilia, ¿qué haces? ‑la llamó Laura desde la sala de estar‑. Ven aquí, que te tengo que enseñar una cosa. La esperaba de pie junto al aparador. Abrió un cajón y sacó un cepillo para el pelo. ‑¿Te acuerdas de esto? ‑le dijo haciéndolo girar frente a su cara. Claro que se acordaba. Perfectamente. El darse cuenta de lo que se avecinaba la hizo enmudecer de vergüenza. Un cosquilleo de anticipación le recorrió las nalgas. ‑Sí, claro. ¿Cómo no voy a acordarme? ‑dijo desafiante. ‑Te debió doler mucho, por lo que te quejabas. ‑Hay cosas que duelen mucho más que unos simples azotes en el culo. ‑¡Joder, no te pongas tan filosófica, qué me vas a estropear toda la diversión! ‑¡Pues mejor! Pero nada, tú a tu rollo. Si me quieres pegar con el cepillo, no te cortes. Ya sabes que no me puedo negar. ‑Pues sí, eso es precisamente lo que pienso hacer. Pero antes quería que supieras que voy a hacerlo precisamente con el cepillo que usó Julio. Estas cosas tienen un significado simbólico importante, ¿no crees? No es lo mismo que te pegue con este cepillo que con cualquier otra cosa. Sí, el simbolismo de las cosas era importante. Usar ese cepillo quería decir que Laura pensaba usurpar el papel de Julio como administrador de castigos. ‑Ya lo sé… ¿Pero por qué quieres pegarme? A ti no te gustan esas cosas. Tú no eres sádica. ‑Pues a lo mejor sí que lo soy. La idea de pegarte me fascina desde hace tiempo. Claro que también me daba reparo, me horrorizaba la idea de hacerle daño a nadie. Pero ya se me han quitado esos escrúpulos. Voy a ponerte ese culito tuyo tan rico rojo como un tomate. Se me mojan las braguitas de sólo pensarlo. Cecilia tragó saliva. Sabía muy bien que ese cepillo aplicado con dureza podía llegar a hacerle bastante daño. Desplegar su masoquismo conllevaba sentir una cierta rabia hacia sí misma, hacerse mansa y vulnerable. La idea de que Laura despertara esos sentimientos la sublevaba. ‑Bueno, ya vale ¿no? No te pases conmigo, Laura ‑le dijo en voz baja, queriendo sonar decidida‑. Ya has conseguido lo que querías: humillarme y meterme miedo. ‑¿Meterte miedo? ¿A ti? ¡Venga, Cecilia, no me vengas con esas! ¡Si tú no tienes miedo de nada! Y mucho menos de unos cuantos azotitos en el culete… No quiero hacerte daño, sólo comprobar lo masoca que eres. Quiero verte gozar mientras te pego. Algo de razón sí que tenía: ¿A cuento de qué venían esos lloriqueos delante de Laura? Tenía que demostrarle que era más fuerte que ella. Aguantaría el dolor y se volvería a casa con la cabeza bien alta. ‑¡Tú no tienes ni pajolera idea de esto, Laura! El que disfrute o no depende de quién me pega y por qué lo hace. Pégame si eso te divierte, pero déjame a mí que sienta lo que yo quiera. ‑¡Pero mira que eres cabezota, Cecilia! ¿Por qué tienes que hacerlo todo tan difícil? Bueno, a lo mejor encuentro la forma de que dejes de ser tan terca. ¡Anda, ven! La cogió por el codo y la condujo al sofá. Se dejó llevar dócilmente. Todo le empezaba a parecer irreal, como un sueño. Sus bragas y su diario seguían sobre la mesita. La había preparado bien: no tendría más que levantarle la falda para tener acceso a su trasero desnudo. ‑Quítate los zapatos. Se los quitó con los pies. Laura se sentó en el centro del sofá, empuñando el cepillo. Cruzó las piernas y se alisó el vestido sobre ellas. Se dio unas palmadas en el muslo. ‑Venga, échate aquí. Cecilia se arrodilló en el sofá a su derecha, llena de aprensión y vergüenza. Por un momento sus miradas se encontraron. El rostro de Laura reflejaba excitación y una cierta ansiedad. Resignada, se dejó caer sobre su regazo. Olió el perfume sutil a rosas que llevaba Laura, mezclado con el olor almizclado de su cuerpo. Las piernas cruzadas de Laura la obligaban a poner el culo en pompa. La mano de Laura presionó sobre sus caderas, obligándola a arquear la espalda para acentuar aún más esa postura ignominiosa. ‑Anda, súbete tú la falda ‑le ordenó Laura. Al parecer, Laura no iba a perder la menor oportunidad para humillarla. Cecilia apretó los dientes y enterró la cara en el sofá. Agarró la tela de su falda con los puños y se la subió hasta las caderas con un tirón airado. El aire frío en sus nalgas la hizo saberse expuesta. ‑¡Pero qué culete más rico tienes, Cecilia! No me extraña que tengas a Julio loquito. * * * Los dedos de Laura le rozaron la piel del trasero, acariciando con suavidad la piel desnuda, dibujando la curva provocativa de los glúteos. Se fueron volviendo más atrevidos, separándole las nalgas para descubrirle el ojete y el coño. Un dedo le entreabrió los labios, impregnándose en su humedad, que enseguida sintió mojándole el ano. Apretó las nalgas para poner fin a esa invasión denigrante. ‑No te gustan las caricias, ¿eh? Pues entonces tendré que empezar con los azotes. ¿Qué tal este? ‑Le dio un golpecito con el cepillo ridículamente flojo. ‑¿A eso lo llamas un azote? ¿Qué pasa, que estás de coña? ‑¡Hay perdona! ‑le dijo Laura con sarcasmo‑. Es que como soy una principiante no tengo ni idea de lo fuerte que hay que pegar. A ver éste… Demasiado tarde se dio cuenta de que había caído en la trampa. El golpe sonó como un chasquido por toda la habitación y despertó un aguijonazo considerable en su trasero. ‑¡Au! ¿No decías que no ibas a hacerme daño? ‑¡Ay, perdona! ¿Ves? Si es que no me doy cuenta de mi fuerza. No quiero pasarme contigo, sólo calentarte un poco el culo para que disfrutes y vayas comprendiendo quién manda aquí. Tú, que eres la experta en esto, tendrás que ayudarme a encontrar la fuerza justa. ‑No te cachondees de mí, encima de que me pegas. ‑Me cachondeo de lo que me sale de las narices. A ver éste… Le dio un golpe lo suficientemente fuerte para provocarle escozor, pero muy tolerable. ‑¿Qué tal? ¿Demasiado fuerte? ¿O lo justo? ‑Lo justo ‑admitió a regañadientes. ‑Pues a mí me ha parecido más bien flojito para una masoca consumada como tú… Pero vale, empezaremos así, porque quiero que esto dure un buen rato. Comenzó la función. Laura le propinó una serie de azotes rápidos, distribuyéndoselos bien por todo el culo. Eso hizo despertar la piel de sus nalgas, atrayendo su atención a ellas. Luego el ritmo se hizo más cadencioso y los golpes más severos, aunque aún soportables. Sentía claramente que Laura se concentraba completamente en la zurra que le estaba propinando, cada golpe era como un mensaje que le transmitía. El culo de Cecilia, desplegado en pompa en todo su esplendor, se convirtió en el universo entero para las dos, cada una cumpliendo fielmente su cometido: golpear y encajar los golpes. La fuerza de los azotes subió un punto más y Cecilia respondió moviendo el culo de un lado para el otro, en un esfuerzo tan fútil como inevitable por esquivar los golpes. ‑¡Ah! Ya empiezas a menear el culo, ¿eh? ‑le dijo Laura sin dejar de pegarle. ‑Ya me había hablado Julio del baile de los azotes. ¡Venga, baila un poquito para mí! La cosa no acaba aquí, por supuesto. ¿Qué quiere Laura de Cecilia? ¿Qué le ha dicho Julio a Cecilia para que tenga que obedecer a Laura? Para adivinarlo, lee Amores Imposibles.

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  • Bio | Sex,Science&Spirit

    Hermes Solenzol Hermes Solenzol es mi pseudónimo de escritor. ​ Mi vida ha sido compleja, interesante y llena de aventuras. Aunque soy español de origen, nací en Roma, donde pasé los primeros años de mi infancia. Aún conservo muchos recuerdos de esa etapa italiana. Aún no había cumplido los seis años cuando mis padres regresaron a España. Vivimos en Canarias una temporada y luego en Santiago de Compostela. Galicia se me metió debajo de la piel; es la tierra con el que más me identifico como mi lugar de origen. Mis años más formativos están forjados por días de lluvia incesante puntuados por escasos días en los que el sol salía para llenarme la vista de colores radiantes, como si acabaran de lavar el paisaje. Las cosas empezaron a cambiar para mí cuando mi padre me llevó a rastras a un club de niños del Opus Dei. Pronto vencieron mi resistencia inicial para iniciar un largo periodo de adoctrinamiento. A los catorce años viajé a mi ciudad natal para visitar al Papa y al “Padre”, San José María Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei. Así empezaron las presiones para que me hiciera miembro del Opus Dei. ​ Pero entonces, cuando tenía quince años, nos tuvimos que ir a vivir a Madrid. Me tocó estudiar el último año de bachillerato en un colegio del Opus y eso fue, paradójicamente, lo que me salvó. Yo era un enamorado de la ciencia y también empecé a leer libros sobre misticismo oriental. La formación que nos daban en el colegio estaba impregnada del catolicismo más rancio y de repente entró en colisión con mi incipiente formación autodidacta sobre ciencia y espiritualidad. Tuve una dolorosa crisis, que describo en la piel de Cecilia Madrigal en mi novela “Juegos de amor y dolor”, y que culminó con mi abandono del cristianismo. Lo que vino a continuación fue como una enorme bocanada de libertad. Empecé la carrera de Químicas con la idea de hacer la especialidad de Bioquímica. Hice yoga, leí muchísimo, y me puse a escalar. Con un amigo, me dediqué a explorar todas las organizaciones y sectas que pudimos encontrar en Madrid: los Niños de Dios, los Baha’i, Guru Maharj Ji, Swami Yogananda, Maharishi Mahesh Yogi… Los que más me atrajeron fueron los yoguis seguidores de Swami Sivananda, y luego los Siloístas, una organización entre mística y política originaria de Chile y Argentina. Viví en París un par de temporadas mientras hacía la tesis y mi primer postdoctorado. Me puse a practicar Budismo Zen. En 1986 me vine por primera vez a Estados Unidos, con el presentimiento de dejaba atrás a España para siempre. Sin embargo, volví a España después de tres años, y pasé dos años que acabaron por desilusionarme con el futuro de la ciencia en mi país. En EE.UU. había probado el dulce licor de la investigación como científico independiente y ya no pude adaptarme a la jerarquía y estrechez de miras de la universidad española. En 1991 volví a EE.UU. definitivamente, esta vez en California. Me casé con una mujer a quien había conocido en mi estancia anterior en EE.UU. Aquí pude dedicarme a fondo a mis deportes favoritos: la escalada, el submarinismo y el esquí, para los que California es un auténtico paraíso. Los treinta años que llevo viviendo en California se han pasado como un sueño. Sin embargo, hubo cambios importantes en mi vida, como tener una hija y cambiar mi tema de investigación a la fisiología del dolor. En el 2010 ocurrió otro cambio imprevisto… Me puse a reflejar ciertas fantasías eróticas en un incierto proyecto de novela. Añadí un par de detalles autobiográficos y de repente me encontré completamente enganchado. No podía dejar de escribir. Cada noche llegaba a casa cansado del trabajo, encendía el ordenador y me ponía a teclear hasta pasada la medianoche. Me encontré que los fines de semana ya no me apetecía irme con mis amigos a escalar o a bucear, sino quedarme en casa viviendo las aventuras de Cecilia Madrigal. En poco más de un año había terminado el primer borrador, que había crecido a unas dimensiones tan desmesuradas que me decidí a convertirlo en una trilogía. Así nacieron mis novelas “Juegos de amor y dolor”, “Desencadenada” y “Amores imposibles”, que en realidad forman una única historia. Tras intento infructuoso de publicar en Tusquets, me convencí de que lo mejor era autopublicar usando las plataformas de Amazon Kindle, Smashwords y D2D. El problema era cómo promocionar las novelas. ​ En el 2020, coincidiendo con la pandemia del coronavirus, me jubilé de mi posición como profesor de universidad. Con 63 años y una salud excelente, quizás sea un poco pronto para jubilarme, pero quiero iniciar una segunda carrera como escritor. Me duele en el alma dejar atrás la investigación científica, pero si quiero sacar adelante mis proyectos de libros, tengo que empezar ya.

  • Sex, Science & Spirit | Hermes Solenzol

    ¡Solidaridad con Ucrania! Sexo, Ciencia y Espíritu por Hermes Solenzol ¡Bienvenido a mi página web! ​ El blog es lo que más te puede interesar. Tiene artículos sobre ciencia, filosofía, sexualidad, BDSM, poliamor y ficción histórica. Soy un científico experto en neurociencia y fisiología del dolor, lo que me proporciona una perspectiva especial para estudiar estos temas. Por favor, anímate a dejar un comentario en los artículos. Responderé a las preguntas y comentarios, aunque sean negativos. Si prefieres contenido audiovisual, visita mis charlas . Hay dos con diapositivas y otras sólo con audio. Tratan sobre sexualidad y BDSM. He escrito cinco novelas en español, que combinan la ficción histórica, romance y erotismo. Aquí encontrarás una descripción de cada una de ellas y enlaces a los sitios de compra. Además, hay pasajes de algunas de ellas en el blog. La página medios tiene fotos de mis viajes y aventuras. Está todavía en fase de desarrollo, pero pronto añadiré muchas más fotos y vídeos. Si quieres conocerme mejor, abre mi biografía (Bio ). Podrás leer mi historia y ver fotos de mi pasado. Éste es un sitio bilingüe, en español y en inglés. Para cambiar de idioma, haz click en la casilla de la esquina superior izquierda. El contenido no es el mismo en los dos idiomas. El blog tiene artículos distintos en cada idioma y, como mis novelas son en español, sólo aparecen en la parte en español. ​Si lees en español y en inglés, te aconsejo que explores este sitio en cada idioma. No es necesario el Log In para acceder al contenido, pero si abres una cuenta recibirás mis emails con información interesante y ofertas para comprar mis libros. En el futuro, habrá un foro y páginas exclusivas para los usuarios. ​ Puedes contactarme por email a solenzol@protonmail.com

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