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El molino de la meiga - Parte 2

Actualizado: 23 dic 2022

Escena de mi nueva novela El rojo, el facha y el golpe de estado.

Poza de un arroyo
Poza de un arroyo en Picos de Europa. Foto del autor.

La fabada de Sabrina no tenía nada que envidiar a la que hacía él en casa.

Mientras comían, Cecilia y Sabrina se pusieron a hablar de drogas y de cosas científicas sobre el cerebro. Él no entendía nada. Sólo veía que Sabrina estaba engatusando completamente a Cecilia. Se preguntó si sería una bruja de verdad. Si la habría hipnotizado antes, cuando la había mirado tan fijamente en el jardín. ¿Acaso Sabrina iba a ejercer la misma atracción sobre él? Estaba buena, pero nada comparado con lo mucho que le gustaba Cecilia. Y ese era el tema… Sabrina estaba empezando a ponerlo un pelín celoso, con tanto hablar de cómo se iba a tirar a Cecilia.

De postre, Sabrina les dio una gruesas galletas. Las había hecho ella, les dijo. Tenían un olor extraño, pero estaban buenas. Sabrina sólo se comió la mitad de una.

-¡Están riquísimas! ¿Me puedo comer tu otra mitad? -dijo después de haberse zampado la suya.

-Con una ya te vale.

Cecilia levantó la mirada, alarmada.

-¿Qué quieres decir? No tendrán…

-Sí, tienen un poco de marihuana, de las plantas de mi huerto.

-¡Joder, Sabrina! ¡No puedes drogar a la gente sin avisar! -exclamó Cecilia, dejando en el plato el trozo de galleta que aún no se había comido.

-Ya os dije que aquí las normas las pongo yo. Os harán efecto en un par de horas. Entonces empezaremos el juego.

Lorenzo se volvió consciente de su desnudez. Se preguntó cuánta maría habría en la galleta. Él era el que más había comido.

-Pero tú también te la has comido -dijo él-. ¿Nos vamos a colocar los tres?

-Sólo media galleta. No te preocupes, que controlo. Los psicodélicos me sirven para sacar mi poder personal. Viajaremos los tres juntos.

-¿Viajar a dónde? ¿Qué demonios nos vas a hacer cuando nos tengas drogados? -preguntó Cecilia.

-A ti te voy a follar, ya te lo he dicho. Y antes te pondré el culo como un tomate, como hace Julio.

-¿Sí? ¿Y si yo no quiero?

-¿Cómo no vas a querer? Ya te lo dije cuando llegaste. Y también te dije que te marcharas si no querías seguir mis enseñanzas. Yo sé que esa es la forma de sacar a la luz tu poder personal­­.

-¿Y Lorenzo, qué? ¿También lo vas a follar a él?

-¡Ya le gustaría! No, lo haré rabiar un poquiño, pero sin dejar que se corra. Así estará preparado para viajar con los honguitos.

-Yo no estoy nada seguro de si quiero tomarme esos hongos alucinógenos. Lo que quiero es que me pongas en contacto con los contrabandistas.

-¡Ya! Y si te pasa algo, ¿qué? Me echaréis a mí la culpa, como hace Laura. Mira, rapaz, te tomas los hongos y ves lo que te dicen. Si no te advierten que cambies de idea, te pondré en contacto con los contrabandistas.

-Pero vamos a ver, Sabrina -dijo Cecilia-. Los psicodélicos te podrán enseñar cosas que hay en tu subconsciente, pero no te pueden hacer ver el futuro. Eso es imposible.

-Bueno, pongamos que te hacen ver tu subconsciente. Allí es dónde están tus deseos y tus miedos más profundos. Mirándolos a la cara es como puedes saber el camino que debes seguir. De todas formas, a mí me han enseñado cosas sorprendentes, muy difíciles de explicar. Como las visiones que tuvo Julio sobre Beatriz y tú… Y el peligro que corría de ahogarse.

Le volvieron a entrar escalofríos. ¿En qué lío se habían metido? Si los había puesto de marihuana hasta las cejas, lo de saber artes marciales les iba a servir de poco.

-Todo eso tiene una explicación lógica -dijo Cecilia-. Me estaban buscando, por eso Julio me vio diciéndole dónde estaba. Pero no logró usar eso para encontrarme. Y estaba encoñado con Beatriz, por eso la vio. En cuanto a lo de ahogarse, es una asociación lógica con el mar y los contrabandistas que iban en motoras.

-Puede que sí… Pero a ti también te intriga Carlos Castaneda. Sabes que los psicodélicos te pueden enseñar muchas cosas sobre ti.

-Sí, eso no te lo voy a negar. Tengo curiosidad por ver qué me hacen.

-¡Vale, tías! Pues si tengo que hacer un trippy con los hongos esos, lo hago. Nunca le he dado al LSD, pero no creo que me vaya a morir. Lo que no entiendo es por qué nos has hecho quedarnos en pelotas y por qué coño te tienes que follar a Cecilia. ¿Qué pasa, que eres lesbiana?

-Soy bisexual, como ella y como Laura. ¡Y claro que me la quiero tirar, con lo buena que está! Pero no es por eso. El tipo de viaje que haces con los honguitos depende del sitio dónde estás y de cómo te prepares para hacerlo. Yo sé que a Cecilia se le llega haciéndola vulnerable a base de azotes y sexo. Lo sé porque a mí me pasa lo mismo.

-Ya, pero a mí no me va el rollo del sadomasoquismo.

-A ti te volveré vulnerable haciéndote ver lo que le hago a Cecilia. Ya veo que estás muy colgado con ella.

-¡Pues sí que estás hecha una bruja!

-¡Nah, Lorenzo! Es todo un montaje que se hace a base de drogas alucinógenas. Pero son sólo cosas que pasan dentro de la cabeza. La magia no existe.

-Pues ha adivinado que estamos enrollados.

-¡Eso se nota a la legua, tío!

-Di lo que quieras, Cecilia, pero los psicodélicos van a cambiar el mundo -dijo Sabrina-. Le van a enseñar a la gente que la vida tiene sentido más allá del dinero y de las posesiones. A mí, desde luego, me han cambiado muchísimo.

-O sea, que vas en plan Timothy Leary, predicando el evangelio psicodélico -dijo Cecilia.

-¡Fue una vergüenza lo que le hicieron a ese pobre hombre! Pero, claro, los psicodélicos son una amenaza para el sistema capitalista. Si la gente deja de consumir y de apuntarse a trabajos chungos, todo el tinglado se les puede venir abajo. Por eso Nixon empezó la guerra contra las drogas.

-Pero hay drogas que sí hacen daño -dijo Cecilia-. Los opiáceos como la heroína vuelven a la gente adicta, y luego tienen que pasar el mono para desengancharse. Y la cocaína, tres cuartos de lo mismo.

-La primera mentira que nos han contado es que todas las drogas son iguales -dijo Sabrina-. Los psicodélicos como el LSD, la mezcalina y la psilocibina no producen adicción. Usados de forma adecuada, te pueden hacer mucho bien. La marihuana tampoco es adictiva, y es un primer paso para conocer los psicodélicos. Por eso la hemos tomado hoy.

-¿Y la cocaína? -dijo él-. Porque en eso estamos. He oído que los contrabandistas quieren ponerse a traficarla.

-La cocaína, no sé. Es verdad que es adictiva, pero tiene efectos interesantes. La tomé un par de veces, pero no quiero volver a repetirlo. La guerra contra la droga cada vez se centra más en la cocaína, en vez de ir contra la heroína, que es mucho peor. La razón es económica. En Colombia se están empezando a producir miles de kilos de cocaína, que exportan a Estados Unidos. Eso hace que millones de dólares vayan a parar a Colombia, que es lo que realmente preocupa a los americanos. Por primera vez en la historia, un país sudamericano tiene un poder real sobre los Estados Unidos.

-¡Es verdad, tía! Nunca se me había ocurrido verlo así.

Empezó a preguntarse si había hecho bien en aceptar el trabajo con Clarence.

Siguieron hablando de la guerra contra la droga y de la opresión de Sudamérica por los Estados Unidos. Se dio cuenta de que Sabrina tenía mucha cultura, y que sus ideas políticas eran parecidas a las suyas.

Empezó a sentirse más relajado con ella. Se olvidó de que Cecilia y él estaban desnudos, y su ropa escondida en algún rincón de esa casa misteriosa.

* * *

Un maullido sacó a Lorenzo de la conversación. Silvestre se había subido en el alféizar de la ventana.

-Quiere salir- dijo poniéndose en pie-. Voy a abrirle la ventana.

Todo pareció girar en torno a él. Tuvo que apoyarse en la mesa para no caerse.

-Estás colocado -le dijo Cecilia-. Yo también.

Sabrina se puso en pie y fue caminando lentamente a la ventana. La abrió. Silvestre desapareció.

El sol del atardecer entraba por las ventanas, pitándolo todo de colores anaranjados y dorados. Todas la hierbas, sapos y embutidos que colgaban del techo tenían una extraña cualidad tridimensional.

-Creo que ya estamos listos para empezar el juego -dijo Sabrina.

Se agachó en un rincón y volvió con una caja de madera, que abrió sobre la mesa. Dentro había tres estatuillas alargadas, hechas de madera. Terminaban en punta en un extremo y en una base plana en el otro.

-¡Son dildos! -exclamó Cecilia-. ¡Qué bonitos! ¿Los has hecho tú?

-Sí. Son mis pollas mágicas. Escoge una para que te folle con ella.

No pensaba que lo de follar iba en serio. Se había imaginado que se masturbarían o se comerían el coño, como había visto a Cecilia y Laura hacer con Malena.

Cecilia fue sacando los dildos de la caja y examinándolos por turno.

Uno era delgado y liso, con una cabeza triangular de serpiente, y una ondulación hacia abajo y otra hacia arriba.

El segundo era más grueso y tallado en forma de lagarto, con una boca llena de dientes, patas pegadas al cuerpo, y una larga cola puntiaguda que curvaba por encima del cuerpo hasta cerca de la cabeza. Se dio cuenta de que, si se penetraba la vagina con el cuerpo, la cola penetraría el culo.

El tercer dildo era el más grueso. Estaba tallado en forma de gárgola, con una cabeza entre humana y de búho, alas pegadas al cuerpo pero que aumentaban su ya considerable envergadura, y garras entreabiertas junto a la base.

Cualquiera de los tres proporcionaría una experiencia bastante desagradable a quien fuera follada con ellos.

-Estás de coña, ¿verdad? ¿Qué quieres, romperle el coño a Cecilia?

-Estoy entre la serpiente y el lagarto -dijo Cecilia, sin hacerle caso-. ¿Te has metido los tres?

Sabrina se rio.

-El lagarto casi del todo, pero la gárgola ni de coña. La hice para tías que sean más grandes que yo.

-Me gusta el lagarto -dijo Cecilia pasando el dedo por cola-. Pero tendría que lavarme el culo.

-Ven conmigo al muiño.

Sabrina ayudó a Cecilia a levantarse y, cogiéndola por los hombros, la llevó a la trampilla. Lorenzo intentó seguirlas, pero estaba demasiado mareado. Tuvo que sentarse en la silla. Las chicas bajaron por las escaleras. Las oyó chapotear y reírse.

Sintió celos, pero hacía tiempo que había aprendido a ignorarlos. Sentir celos por Cecilia era completamente fútil. Ella se acostaba con quien quería y, durante algún tiempo, no había sido con él. Después de aquella primera vez, cuando ella lo sedujo para quitarle el virgo, como regalo de cumpleaños. Y le hizo tan bien el amor que lo dejó enganchado para siempre. Cuando le confesó que se prostituía, fue como un puñetazo en el estómago. Hasta quiso echarla de casa. Menos mal que Malena se lo impidió.

Agarró el lagarto dentro del puño para apreciar mejor su grosor. Era bastante mayor que su polla. Se preguntó si Cecilia se había vuelto loca. Ese chisme le destrozaría el coño.

Cecilia apareció por la trampilla. Luego Sabrina. Se había quitado la ropa, descubriendo un cuerpo delgado, con pechos pequeños y culito redondo. Apenas tuvo tiempo de mirarla, pues ella se fue con paso decidido al fondo de la habitación. La oyó abrir el armario, pero antes de que pudiera volverse a mirar lo que hacía, Cecilia se sentó a caballo sobre sus muslos. Tenía las piernas y el trasero mojados. Instintivamente, su manos se posaron en el culo prieto de Cecilia.

-No tengas miedo, ¿vale? No te preocupes por lo que me haga Sabrina. Ya sabes que tengo mucho aguante.

-¿Te ha dicho lo que me va a hacer a mí? Espero que no me dé por culo. Ya sabes lo poco que me gusta.

-Creo que sólo me va a follar a mí.

Lo besó y le cogió la polla en el puño, que se endureció enseguida.

Sabrina se cernió sobre ellos. Se había puesto una máscara de cuero que tenía labrados los rasgos de un hombre encolerizado en su mitad derecha, y una mujer sonriente en la izquierda.

Cogió a Cecilia por los hombros y la hizo levantarse de su regazo.

-¡Qué bonita! ¿La has hecho tú? -dijo Cecilia, alargando la mano hacia la máscara-. Es Janus, el dios de las dos caras, ¿no?

Sabrina le apartó la mano de un manotazo.

-Sí, el guardián de los umbrales. Tienes las manos muy largas. Aquí sólo toco yo.

-¡Ay, perdona!

La condujo a la cama. Llevaba un arnés de tiras de cuero que le rodeaban las caderas y los muslos, sujetando el dildo con forma de lagarto sobre su pubis. La cinta de cuero que hacía de cinturón sujetaba un cuchillo de caza sobre su cadera derecha, y una especie de cucharón redondo de madera sobre su cadera izquierda. En las manos traía varios manojos de cuerdas, que tiró sobre la cama.

Aquello no tenía buena pinta. Sabrina estaba dispuesta a montárselo de bruja. A meterles miedo y puede que hasta hacerles daño. Con lo colocado que lo habían dejado las putas galletitas, no iba a poder defenderse ni ayudar a Cecilia.

Sabrina deshizo un haz de cuerda, le juntó las manos a Cecilia y se puso a atarle las muñecas, sin que ella hiciera ningún esfuerzo por oponerse. Se limitaba a mirar lo que hacía Sabrina, fascinada, como aquello si no tuviera nada que ver con ella.

¡Aquello estaba yendo demasiado lejos! Tenía que impedirlo. A duras penas logró ponerse en pie y se fue dando traspiés hasta la cama, acabando por darse de bruces en ella.

Sabrina terminó de atar a Cecilia. Lo hizo rodar bocarriba y se sentó a horcajadas sobre él, dándole la espalda. La cabeza le daba vueltas. El ir hasta la cama lo había dejado demasiado mareado como para quitársela de encima.

Aterrado, la vio sacar el cuchillo de su vaina.

-No te preocupes, que esto no te va a doler nada -le dijo Sabrina.

Sintió un contacto afilado en la base de los cojones, que fue subiendo por los lados, rodeándole el pene, luego los cojones otra vez.

Sentada sobre los talones a su lado, Cecilia miraba fascinada y sonreía, sus puños maniatados posados sobre los muslos. Seguro que no estaría tan tranquila si Sabrina lo estuviera capando de verdad, se dijo. Pero una parte de su mente estaba aterrada, convencida de que le acababan de cortar los huevos.

Sabrina le abrió las piernas, luego se las cerró. Una cuerda le rodeó varias veces los muslos, luego los ató apretadamente.

-¡Ya está! Ahora aquí la única polla es la mía -dijo Sabrina, levantándose de él.

Mirando hacia abajo, Lorenzo vio que su vientre terminaba en un ángulo entre sus muslos. Su pene y sus cojones había desaparecido.

Sabrina volvió su atención hacia Cecilia. La empujó para tumbarla en la cama, le agarró los tobillos y le levantó las piernas hasta que su pies apuntaron al techo. Le encajó varios azotes en la base del culo, que había quedado expuesta. Cecilia se rio.

-¡Ah, con que te ríes, eh! Pues a ver si esto te hace tanta gracia.

Sabrina empujó las piernas de Cecilia hasta que las rodillas casi le tocaban la cara. Puso una de sus piernas sobre sus muslos, para impedirla moverse. Sacó esa especie de cucharón que llevaba en el cinto. Era una pala con un mango curvado en forma de serpiente, que usó para darle dos buenos cachetes al trasero de Cecilia. Cada golpe dejó una marca pálida que en la piel, que se fue tornando sonrosada.

-¡Auuu! -se quejó Cecilia-. ¡Eso sí que duele!

-¡Pues prepárate, que vienen más!

Sabrina se puso a darle con la pala, mirando a Cecilia a la cara para juzgar el efecto que le hacían los azotes. No debía ser bastante, pues se puso a darle más fuerte, alternando entre las nalgas y la parte posterior de los muslos. Un golpe fue a aterrizar directamente sobre los labios afeitados de su coño. Cecilia se encabritó, casi tirando a Sabrina en la cama.

-¡Conque esas tenemos, eh!

Sabrina se puso pie, agarró un pie de Cecilia y se lo retorció. Eso la obligó a girar y acostarse bocabajo. Sabrina se le sentó sobre la espalda y reanudó la azotaina, alternando entre golpes de pala y azotes con la mano. Inmovilizada por su peso, a Cecilia sólo le quedó patalear, gemir y quejarse.

La luz rojiza del sol poniente entraba por la ventana y caía sobre el trasero y los muslos de Cecilia, acentuando el color que le estaba dejando la azotaina.

-¿Qué? ¿Qué te parece cómo le estoy dejando el culo a tu chica? ¡Y tú ahí tendido como un pasmarote, sin poder hacer nada para evitarlo!

El rostro de mujer de la máscara le sonreía, burlón.

Apoyándose en los codos, se sentó en la cama. Reptó hacia ellas como pudo, con las piernas atadas. Sabrina lo derribó de un empujón.

El rostro de hombre de la máscara lo miraba iracundo.

-¡Qué haces, rapaz! ¡No tienes cojones!

Presionando sobre sus hombros, Sabrina se puso a caballo sobre él.

-Bueno, te voy a dejar que le des besitos en el pompis, para aliviárselo. ¡Tú, zorra, ven aquí!

Cecilia se les acercó, caminando sobre las rodillas. Sabrina la hizo arrodillarse a horcajadas sobre su cabeza, mirando hacia su pies. Un culo colorado, irradiando calor, descendió hacia su cara. Lorenzo besó una nalga enfebrecida. La lamió.

-¿Qué? ¿Te alivia el escozor? -dijo Sabrina.

-Sí, un poco.

-¡Un poco! ¡Si es que este chaval no sirve para otra cosa que para lamerte el culo! Ya no tiene picha con que follarte. ¡Pero no te preocupes, que para eso estoy yo!

-¡No seas mala, Sabrina! No te burles de él, encima de que lo has capado.

-¡Pobriño! Está tan encoñado contigo que haría cualquier cosa para agradarte. ¡A ver, hombre, bésale el culo! ¡Pero el culo de verdad, no el pompis!

-¡Eso! ¡Demuéstrame lo que me quieres, Lorenzo!

Agarró las nalgas de Cecilia con ambas manos. La piel era cálida, suave como el terciopelo. Las separó, abriendo la raja para meter la lengua en ella. Encontró el botón fruncido del ano. Estaba húmedo con su flujo. Lo lamió con devoción.

Cecilia soltó una risita. Eso lo animó. Siguió lamiéndole y chupándole el culo, intentando meter la lengua dentro, sin mucho éxito.

-¡Venga, cómele el coño un rato, rapaz! Así me la dejas bien preparadita para que me la folle.

-¡Claro que si, Lorenzo! ¡Ya has visto lo grande que es el chisme que me piensa meter!

Cecilia se desplazó hacia adelante, inclinándose para darle acceso a su coño. Metió la lengua entre sus suaves pétalos. Su flujo le mojó toda la cara, obligándolo a cerrar los ojos.

Oyó Cecilia gemir en la distancia. La sintió mecerse sobre su rostro. Su placer lo emborrachaba, haciéndolo dar lametones furiosos con la lengua, desesperado por hacerla gozar.

-¡Vaya, parece que le sabe dar bien a la lengua, el chaval! Al menos, eso que le queda. ¡Venga, sal de ahí, zorra! No quiero que te me corras antes de tiempo.

Le arrancaron a Cecilia de la cara. Volviéndose, las vio preparase. Cecilia, a gatas sobre la cama, mostrándole el culo y las tetas de perfil a la luz del sol poniente. Sabrina, arrodillada tras ella, el lagarto de su polla apuntando con sus fauces al techo, su cuerpo estilizado brillando como si fuera de oro.

Sabrina se inclinó y caminó sobre sus rodillas hacia adelante. Las fauces del lagarto amenazaban ahora el trasero de Cecilia. Desaparecieron entre sus nalgas. Cecilia soltó una exhalación y abrió mucho los ojos al sentirse penetrada.

-¡Puf! ¡Es enorme! -se quejó.

-¡Muy bien, guapiña! Nos queda la colita…

-¡Sí, claro! Me había olvidado de la colita.

Cecilia musitó algo incoherente a medida que la cola del lagarto se le fue introduciendo en el culo. Se quedó jadeando cuando al fin el vientre de Sabrina entró en contacto con sus nalgas.

Sintió un anhelo desgarrador por ser él quien estuviera dentro de ella. Recordó vívidamente la calidez y la suavidad de su vagina estrechando su polla. El roce de sus muslos suaves contra sus caderas cuando lo hacían por delante. Su culo firme haciendo rebotar su vientre cuando lo hacían por detrás.

Sabrina se retrajo. La completa longitud de la cola del lagarto brilló a la luz del sol, pero su hocico siguió dentro de Cecilia. Y Sabrina volvió a embestir. La punta de la cola volvió a encontrar su objetivo sin dificultad. Cecilia gimió e intentó escapar hacia adelante, pero Sabrina la tenía bien sujeta por las caderas.

-¿Ves? Ya te dije que te iba a follar.

-Vale… Me siento completamente follada… Culo y coño… ¿Paramos ya?

-¡Pero si no hemos hecho más que empezar! He aprendido a moverme como un tío… Ahora verás…

-No, si te creo… ¡Ah!

Cecilia jadeó cuando Sabrina se retiró y le dio otro empellón. Comenzó un lento vaivén.

Lorenzo se sentó para verlas mejor. El culito de Sabrina se ponía en pompa en las retiradas y se contraía en las acometidas. La cola salía completamente del ojete de Cecilia y lo volvía a encontrar infaliblemente en el viaje de vuelta, hasta quedar completamente oculta cuando el vientre blanco de Sabrina entraba en contacto con el pompis colorado de Cecilia. Ella contraía la cara y abría los ojos por turno, al ritmo de la follada.

-¡Relájate! -Sabrina le dio un azote-. Eso es lo que me dicen a mí cuando me follan.

-¡Sí! ¡Cómo si fuera tan fácil! ¿Verdad?

-No pienso parar hasta que te corras.

-Pues no sé si voy a poder… ¡Ese chisme es enorme!

-¡No es un chisme! -le dio otro cachete en el culo-. Es un objeto de poder. Tiene mucha más energía que la picha de ningún hombre. Cuando te arranque el orgasmo, me traerá toda tu energía.

-¿Me la vas a robar?

-¡No! Nuestras energías fluirán juntas… Y la de Lorenzo también. Le cogido su energía masculina para que me ayude a follarte.

De alguna manera, sintió que era verdad. En algún lugar, a miles de kilómetros de distancia, su polla estaba tiesa, pero ya no era suya. Sabrina se la había cogido prestada para follar con ella a Cecilia. Era lo que infundía vida a ese dildo de madera.

Sus miedos se habían hecho realidad. La meiga los follaba a los dos en un acto místico que iba más allá del sexo. A saber qué quedaría de ellos cuando Cecilia le pagara su tributo de orgasmo.

El ritmo de vaivén iba en aumento. Cada acometida terminaba ahora en un empellón violento y agresivo, como un azote que Cecilia debía sentir por dentro, a juzgar por el gruñido que le arrancaba. Tenía los ojos cerrados, el rostro permanentemente contraído, la respiración entrecortada.

Lorenzo quería intervenir, acabar con el suplicio de su amante, pero se sentía paralizado, como si fuera verdad que él también era partícipe de esa brutal follada.

De repente, Cecilia echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un rugido que se convirtió en un sonido familiar: el alarido de orgasmo de Cecilia. Al sentirlo, Sabrina se quedó inmóvil, los ojos muy abiertos, con expresión de éxtasis. Él sintió lo mismo. Todo lo que había en la habitación se volvió muy vívido. La luz del sol poniente era un chorro de oro que lo hacía brillar todo. Al mismo tiempo, correntadas de vibraciones le recorrieron los brazos y las piernas, juntándose en su vientre y explotando en el pecho.

Cecilia dejó de gritar y abrió los ojos sorprendida. Su expresión se ablandó en algo similar a la que había visto en la cara de Sabrina.

Sabrina sacó su pene-lagarto de Cecilia, quien se sentó, mirándolos asombrada, sus manos atadas en forma de plegaria.

-¿Qué coño ha sido eso?

-Nuestras energía juntándose -dijo Sabrina quitándose la máscara-. No estaba segura de que lo fuéramos a conseguir. ¡Qué bien, no!

-Menos mal, porque me duele todo. ¿Me desatas?

Sabrina le soltó las manos a Cecilia, luego le desató las piernas a él. Para su alivio, su picha y sus cojones emergieron de detrás de su muslos. Estaban rodeados varias veces con una cuerda que se los separaba del cuerpo.

-Es un buen truco -dijo Cecilia-. Se lo tengo que contar a Laura para que se lo haga a Julio.

-¡Shhh! Debemos quedarnos callados y tomar conciencia de la energía. Vamos a sentarnos a la mesa.

Ya podía ponerse en pie, pero Cecilia y Sabrina lo ayudaron a caminar. Sabrina se quitó el arnés con el dildo de madera y lo dejó sobre la mesa. Se dieron las manos encima de la mesa.

Se quedaron en silencio mientras el sol acababa de ocultarse y las sombras invadían la choza de la meiga.

Supuso que debía sentirse en paz, como cuando hacía meditación con el Chino, pero en realidad lo invadía un profundo anhelo, como si acabara de darse cuenta de algo que había perdido hacía tiempo y había abandonado toda esperanza de encontrar.

-¿Cómo os sentís? -dijo Sabrina al final.

-Yo estoy un poco chungo. Como si algo no acabara de encajar.

-Así es como tiene que ser. Acabas de empezar tu proceso. ¿Y tú, Cecilia?

-Con ganas de levantarme de esta silla. Me has dejado el culo ardiendo.

-Bueno pero, ¿aparte de eso?

-Nunca había tenido un orgasmo así. Me ha dejado un poco confundida.

-Todos sentimos la energía. Tu orgasmo la disparó, pero nos afectó a todos. Mañana os daré honguitos. Con un poco de suerte, os ayudarán a comprender lo que pasó esta tarde.

-No estoy yo muy seguro de querer tomarme esas setas -dijo él.

-Yo tampoco -dijo Cecilia.

-Si no las tomáis, os quedaréis colgados en esta etapa del camino, sin llegar a aprender nada sobre vuestra vida. Vosotros veréis. ¿Queréis algo de cenar? Tengo queso y embutidos. Y un par de tomates del huerto. Están buenísimos.

Empezaba a hacer frío. Sabrina echó varios troncos en la cocina, que también hacía las veces de estufa. Les dio un par de mantas para ponerse encima mientras cenaban.

Se fueron a la cama enseguida. En el colchón de cama de matrimonio apenas cabían los tres. A él le tocó dormir pegado a la pared, con Sabrina entre él y Cecilia. El contacto del trasero de la meiga se la puso dura.

-Nada de sexo -le dijo Sabrina-. Y nada de pelártela. Y eso va también por ti, Cecilia. Tenemos que reservar la libido para manejar la energía. Cuando os vayáis de aquí, podéis follar todo lo que queráis.

-¿Pero por qué Cecilia puede correrse y yo no? No es que me queje, pero no lo entiendo.

-Porque las mujeres ganamos energía con el orgasmo, y los hombres la perdéis. No me preguntes por qué, yo tampoco lo entiendo, pero es así.

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