La ceremonia del té

Pasaje de mi novela Amores imposibles

Woman caressing bottom of another woman
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A las cinco menos diez, Cecilia salió del ascensor en el tercer piso del edificio de la calle Altamirano número diecisiete. El corazón le palpitaba furioso cuando se detuvo frente a la puerta del apartamento de Laura.


Se preguntó por qué estaba tan nerviosa. Laura le había dicho que le tenía preparada una sorpresa. Y que le iba a gustar. Eso lo dudaba mucho. Quizás quería provocarla para hacerla pelearse con ella, forzándola a romper el trato que había hecho con Julio. Pero estaba firmemente decidida a no hacerlo, aunque tuviera que tragar con carros y carretas.


Como le había ordenado Julio, llevaba zapatos sin tacón y una falda gris, sin medias a pesar del aire frío que corría por la calle. Sólo faltaba lo más importante. Sacó el collar de cuero del bolso y se lo puso.


Posó el dedo en el timbre y lo mantuvo ahí unos instantes antes de decidirse a presionarlo. Enseguida se oyó un ruido de tacones apresurados en el interior. Se abrió la puerta.


Laura estaba más radiante que nunca. Se había puesto un vestido de punto color crema, cortito y ajustado, medias blancas de encaje y zapatos de tacón, también blancos.


Estás guapa como una princesa, Laura, pero en el fondo no eres más que una bruja.


‑¡Cecilia! ‑dijo Laura, sonriente‑. ¡Hola guapísima! Pasa...


‑Hola, Laura ‑se limitó a decir mientras se desabrochaba el chaquetón.


Laura le plantó un beso en cada mejilla, le cogió el chaquetón y lo colgó en el perchero. Sonreía sin parar, pero sus gestos rápidos delataban un cierto de nerviosismo. Llevaba el pelo arreglado en perfectas ondas de ámbar, como si acabara de salir de la peluquería. Collar y pendientes de perlas completaban un atuendo elegante con un tema de blancura.


Laura la cogió por las dos manos y no la soltó hasta llegar a la sala de estar. El póster enmarcado de la Sagrada Familia lo dominaba todo. En la mesa de café delante del sofá, Laura había servido esmeradamente el té: mantelito y servilletas impecables, dos tazas con sus correspondientes platitos, tetera humeante y un plato con pastas de aspecto delicioso, unas con guindas verdes o rojas, otras rebañadas de chocolate. Contempló todo con cierto alivio.


¡Así que eso es todo! Laura sólo quiere tomar el té conmigo, pretender que volvemos a ser amigas. Con un poco de suerte podré salir pronto de aquí, olvidarme de todo y decirle a Julio que lo he obedecido.


‑Voy a poner algo de música ‑dijo Laura acercándose al tocadiscos‑. ¿Te gusta Supertramp?


‑Sí, mucho.


Laura cogió un disco en cuya portada se veía un piano cubierto de nieve perfilado contra un cielo azul. Lo conocía bien, se lo había comprado el verano pasado.


‑Ya lo suponía. A mí me gusta más la música en francés, pero ya sé que a Julio y a ti os gusta este tipo de rock. Quiero que estés a gusto, como en tu casa. Siéntate, por favor.


Laura le sonreía de forma amigable, pero en sus maneras había una cierta afectación que antes no había visto nunca en ella. Le hacía las visitas como se le hacen a un extraño, a una persona de la que se quiere obtener algo, no a una vieja amiga. Empezó a sonar el primer tema del disco: Give a little bit. Tradujo la letra en su mente mientras se sentaba en una esquina del sofá: alguien pedía un poquito de su tiempo, un poquito de su vida, un poquito de su amor… ¿Por qué había que andar siempre mendigando amor?


Laura se había sentado en la otra esquina del sofá y la miraba atentamente. Cecilia se dio cuenta de que apenas había abierto la boca desde que entró en su casa.


‑¿Qué quieres conmigo, Laura?


‑¡Pues qué va a ser, que volvamos a ser amigas! Además, te tengo preparadas un par de sorpresitas que seguro que te van a gustar. ¡Verás qué bien nos lo vamos a pasar esta tarde!


Creyó detectar un cierto tono de sarcasmo en su voz.


‑Amigas, ¿eh? Mira, te quiero dejar una cosa bien clara desde el principio. Sólo te la voy a decir una vez, para que luego no digas que me pongo borde. No somos amigas, Laura, ni lo vamos a ser nunca. ¿Está claro?


El rostro de Laura se descompuso un instante. Luego su expresión se volvió seria, pensativa.


‑Sí, está claro ‑dijo con voz queda‑. Espero que pronto cambies de opinión. Hasta entonces, por favor, no me vuelvas a decir eso.


Destapó el azucarero.


‑¿Cuántas cucharadas quieres?


‑Dos, por favor… He venido porque Julio me lo ha mandado. Sólo por eso.


Laura le sirvió el azúcar en el té.


‑Sí, ya lo sé. Veo que llevas su collar, y eso significa que estás aquí siguiendo sus instrucciones. Sé que para ti es muy importante obedecerlo.


‑¿Qué te ha contado Julio de lo que hemos estado haciendo?


Laura le clavó sus ojos azules de hielo.


‑Me lo ha contado todo, Cecilia. ¿Te apetecen unas pastas? ‑añadió, ofreciéndole el plato.


Cecilia cogió un pastelito con una guinda verde y lo mordisqueó, pensativa. Estaba muy rico.


‑Así que te lo ha contado todo… ¡Para variar! Siempre te las arreglas para enterarte de mis intimidades, Laura. Supongo que tendré que acostumbrarme.


‑No te preocupes, Cecilia, que Julio no te volverá a dejar. Claro que tienes que portarte bien y cumplir tu parte del trato: ser respetuosa y obediente conmigo.


‑¿Obediente? ¡Nada de eso! El trato era que te trataría con respeto, nada más.


‑¿Acaso no te dijo que me obedecieras cuando te llamó el lunes?


‑Es posible… ‑reconoció.


La cosa empezaba a tomar un cariz que no le gustaba nada, pero no quería llevarle la contraria a Laura.


Laura le puso la mano en la rodilla.


‑Pues ya sabes, querida, tendrás que aguantarte y obedecerme. Pero no te preocupes, que no voy a ser muy mala contigo. Si te portas bien, claro.


‑¿Qué me vas a hacer, si se puede saber?


‑Eso ya lo irás viendo conforme avance la tarde. Por ahora, trátame con educación y respeto. No, no voy a pedirte que finjas ser mi amiga, pero tampoco quiero contestaciones airadas, ni silencios solemnes, ni caras largas. ¿Vale?


‑Vale.


Cecilia suspiró, viendo esfumarse sus esperanzas de que todo aquello acabara pronto..


* * *


Laura cogió delicadamente su taza de té por el asa y bebió un sorbo. La volvió a mirar fijamente por encima de la taza.


‑Pues entonces, si no te importa, me gustaría ver tu diario. Y no me vengas con disculpas, sé que lo tienes en el bolso. Julio te mandó traerlo.


‑¿Qué? ¡Pues claro que me importa! Ese diario es algo íntimo entre Julio y yo.


‑No, Cecilia, estás muy equivocada… Mira, te lo demostraré.


Se levantó, abrió un cajón, sacó unos papeles y se los dio. Cecilia fue pasando las páginas sin poder dar crédito a sus ojos.


‑Las reconoces, ¿verdad? Son copias de tu diario. Si Julio no quisiera que lo leyera no me las habría dado ¿no?


Sintió que se abría un abismo bajo sus pies. ¿Cómo podía Julio haberle hecho eso? ¿Cómo podía haberla traicionado así? Le había prometido que nadie más leería el diario. Se levantó, vacilante. Sólo podía pensar en una cosa: salir corriendo de allí y no volver a ver ni a Julio ni a Laura en su vida.


Cogió el bolso y se dirigió apresuradamente a la puerta. Empuñó el picaporte para abrir, pero se detuvo. Recordó lo que se había prometido a sí misma antes de entrar allí: que tragaría sapos y culebras, pero haría lo que Julio le había pedido.


* * *


Volvió a la sala de estar. Laura tenía la cabeza entre las manos, los dedos hundidos en el pelo, los ojos perdidos en su taza de té. Levantó la vista con expresión de alivio cuando la vio volver.


‑Muy bien, vamos a jugar a este juego hasta el final ‑dijo dejándose caer en el sofá‑. No me gusta nada lo que habéis hecho, pero me voy a quedar aquí hasta saber exactamente lo que os traéis entre manos.


Laura le sonrió, volvió a acariciarle la rodilla.


‑¡Pero si ya lo sabes! Es lo mismo que venías haciendo con Julio todo este tiempo, sólo que ahora has visto que yo también estoy en el ajo. Verás cómo no es tan terrible como te parece, no te arrepentirás. Venga, ¿me vas a dar el diario, o no?


Lo sacó del bolso con dedos temblorosos y se lo dio a Laura.


‑Total, ya lo has leído ‑dijo con fingida indiferencia.


‑Algunas partes no...


Laura deshizo el broche y abrió el diario por la primera página, la que había sido mojada con sus lágrimas y manchada con su sangre. Los párrafos a continuación, en su puño y letra, contaban en detalle lo ocurrido en aquel hostal de Toledo. Laura se detuvo brevemente a contemplarla, luego pasó varias páginas hasta llegar a lo último que había escrito.


‑¡Ah! ¿ves? Esta parte aún no la había leído. Sírveme más té, por favor.


Cecilia le llenó la taza.


‑Gracias ‑le dijo Laura, y se sumergió en el diario, bebiéndose el té en pequeños sorbos.


* * *


Cecilia se acabó su taza de té y se comió un par de pastas, sin saber muy bien qué otra cosa hacer. No se atrevía a interrumpir a Laura en su lectura.


‑Anda, quítate las bragas ‑le dijo Laura en tono casual, sin dejar de leer.


‑¿Qué?


Laura levantó la vista y la miró intensamente.


‑Me has oído perfectamente: quiero que te bajes las braguitas. Sin rechistar.


¡Me está dominando! La muy cabrona me quiere dominar. ¡Y encima lo está haciendo muy bien! Bueno, vamos a ver hasta dónde es capaz de llegar.


Cecilia se incorporó un poco para bajarse las bragas bajo la falda. Todavía le temblaban las manos. Laura la miraba ocasionalmente de reojo. Las deslizó piernas abajo. Luchó un momento para desengancharlas de los zapatos.


‑Ponlas aquí, sobre la mesa ‑Laura apartó la tetera y el plato de pastas para hacer un hueco justo en el centro de la mesita de café.


Cecilia tiró las bragas hechas una bola encima de la mesa. Laura la miró severamente.


‑No, así no. Extiéndelas, que se vean bien.


Cecilia las estiró y las alisó sobre la mesa. Eran unas simples braguitas negras de algodón, nada de lencería fina, pero le gustaban. Daban una nota chocante en medio del lujoso juego de té.


‑¿Te gustan así?


‑Perfecto. Son muy monas.


Laura volvió a sumergirse en la lectura, como si nada hubiera pasado. Cecilia no se atrevió a interrumpirla. Se sentía doblemente desnuda y vulnerable: por la ausencia de ropa bajo su falda y al recordar las cosas íntimas que había escrito en las páginas que leía Laura. Cogió otra pasta y la mordisqueó. Comprendió que ésta no iba a ser una visita de cortesía, sino una prueba de degradación a manos de Laura. Iba a jugar con ella como un gato con un ratón. Curiosamente, la idea la llenó de una extraña excitación. Un temblor en las manos de Laura cuando pasaba las hojas traicionaba su nerviosismo. ¿O era también excitación?


Finalmente Laura dejó el diario encima de la mesa, junto a las bragas. Cecilia alargó la mano para cogerlo, pero una mirada severa de Laura la disuadió.


‑Ya veo que quieres dominarme, pero no te va a ser tan fácil, tengo mucha experiencia en estas cosas.


‑Al final lo has comprendido ¿eh? Bueno, no te preocupes, creo que sabré estar a la altura de las circunstancias. Por lo pronto me lo estoy pasando muy bien, viendo cómo te retuerces preguntándote qué te voy a hacer. Sabiéndote desnudita bajo tu falda ‑señaló con un ademán a sus braguitas en medio de la mesa‑. ¿Otra pasta? ‑le ofreció el plato.


Cecilia aceptó el dulce. Tenía que reconocerlo: a Laura no se le daba nada mal ese juego.


‑Gracias, están muy buenas. No te tenías que haber tomado tantas molestias por mí.


‑¿Te refieres al té y a que me he arreglado? ‑Laura le dirigió una sonrisa maliciosa‑. Bueno, tengo que confesarte que lo he hecho por mí. Me gusta hacer las cosas con estética, con elegancia. Mi estilo es muy distinto al de Julio. Él te trata con rudeza, casi con brutalidad. Yo creo que este tipo de actos perversos son más poderosos cuando se hacen con elegancia y refinamiento. En eso creo que puedo contar contigo, porque tú sabes muy bien como conservar tu dignidad, Cecilia. Es una de las cosas que más me gustan de ti. Lucharás por mantener tu dignidad y eso hará que lo que pase aquí esta tarde se mantenga siempre dentro del más estricto buen gusto.


‑Ya veo… ‑No pudo evitar esbozar una sonrisa.


Tenía que reconocer que eso le gustaba. Laura había conseguido mantenerla en vilo, llevarla el límite para volver a atraerla cuando estaba a punto de saltar. Sí, hasta había logrado ponerla un poco cachonda. De todas formas, ahora que sabía de qué iba el juego, no pensaba ceder ante ella. Pero se dio cuenta de que Laura utilizaba su propia resistencia contra ella: al forzarla a estar siempre a la defensiva, cada cosa que conseguía se convertía en victoria para Laura y en humillación para ella.


‑¿Quieres más pastas?


‑No, gracias.


‑Entonces llévate todo esto a la cocina. Menos tus braguitas. Déjalas donde están, me gusta verlas.


Laura volvió a coger el diario, mostrando claramente que no pensaba ayudarla.


Cecilia apiló las tazas y los platos y se los colocó en el brazo, cogiendo también la tetera y el azucarero. Laura la miró de reojo.


‑No lleves todo a la vez, se te va a caer algo.


‑He sido camarera ‑le respondió desafiante.


‑¡Ah sí, claro! Se me había olvidado ‑dijo distraídamente. Volvió su atención al diario.


Metió las tazas en el fregadero y colocó la tetera y el plato de dulces en mitad de la mesa de la cocina. Cogió una de las pastas que quedaban y la mordisqueó, pensativa.


Caer en la trampa que le habían preparado Julio y Laura se le antojó tan dulce como la pasta que se estaba comiendo. La tentaba una extraña mansedumbre, un deseo de dejarse llevar por lo que fuera que habían planeado hacerle.


* * *


‑Cecilia, ¿qué haces? ‑la llamó Laura desde la sala de estar‑. Ven aquí, que te tengo que enseñar una cosa.


La esperaba de pie junto al aparador. Abrió un cajón y sacó un cepillo para el pelo.


‑¿Te acuerdas de esto? ‑le dijo haciéndolo girar frente a su cara.


Claro que se acordaba. Perfectamente. El darse cuenta de lo que se avecinaba la hizo enmudecer de vergüenza. Un cosquilleo de anticipación le recorrió las nalgas.


‑Sí, claro. ¿Cómo no voy a acordarme? ‑dijo desafiante.


‑Te debió doler mucho, por lo que te quejabas.


‑Hay cosas que duelen mucho más que unos simples azotes en el culo.


‑¡Joder, no te pongas tan filosófica, qué me vas a estropear toda la diversión!


‑¡Pues mejor! Pero nada, tú a tu rollo. Si me quieres pegar con el cepillo, no te cortes. Ya sabes que no me puedo negar.


‑Pues sí, eso es precisamente lo que pienso hacer. Pero antes quería que supieras que voy a hacerlo precisamente con el cepillo que usó Julio. Estas cosas tienen un significado simbólico importante, ¿no crees? No es lo mismo que te pegue con este cepillo que con cualquier otra cosa.


Sí, el simbolismo de las cosas era importante. Usar ese cepillo quería decir que Laura pensaba usurpar el papel de Julio como administrador de castigos.


‑Ya lo sé… ¿Pero por qué quieres pegarme? A ti no te gustan esas cosas. Tú no eres sádica.


‑Pues a lo mejor sí que lo soy. La idea de pegarte me fascina desde hace tiempo. Claro que también me daba reparo, me horrorizaba la idea de hacerle daño a nadie. Pero ya se me han quitado esos escrúpulos. Voy a ponerte ese culito tuyo tan rico rojo como un tomate. Se me mojan las braguitas de sólo pensarlo.


Cecilia tragó saliva. Sabía muy bien que ese cepillo aplicado con dureza podía llegar a hacerle bastante daño. Desplegar su masoquismo conllevaba sentir una cierta rabia hacia sí misma, hacerse mansa y vulnerable. La idea de que Laura despertara esos sentimientos la sublevaba.


‑Bueno, ya vale ¿no? No te pases conmigo, Laura ‑le dijo en voz baja, queriendo sonar decidida‑. Ya has conseguido lo que querías: humillarme y meterme miedo.


‑¿Meterte miedo? ¿A ti? ¡Venga, Cecilia, no me vengas con esas! ¡Si tú no tienes miedo de nada! Y mucho menos de unos cuantos azotitos en el culete… No quiero hacerte daño, sólo comprobar lo masoca que eres. Quiero verte gozar mientras te pego.


Algo de razón sí que tenía: ¿A cuento de qué venían esos lloriqueos delante de Laura? Tenía que demostrarle que era más fuerte que ella. Aguantaría el dolor y se volvería a casa con la cabeza bien alta.


‑¡Tú no tienes ni pajolera idea de esto, Laura! El que disfrute o no depende de quién me pega y por qué lo hace. Pégame si eso te divierte, pero déjame a mí que sienta lo que yo quiera.


‑¡Pero mira que eres cabezota, Cecilia! ¿Por qué tienes que hacerlo todo tan difícil? Bueno, a lo mejor encuentro la forma de que dejes de ser tan terca. ¡Anda, ven!


La cogió por el codo y la condujo al sofá. Se dejó llevar dócilmente. Todo le empezaba a parecer irreal, como un sueño. Sus bragas y su diario seguían sobre la mesita. La había preparado bien: no tendría más que levantarle la falda para tener acceso a su trasero desnudo.


‑Quítate los zapatos.


Se los quitó con los pies. Laura se sentó en el centro del sofá, empuñando el cepillo. Cruzó las piernas y se alisó el vestido sobre ellas. Se dio unas palmadas en el muslo.


‑Venga, échate aquí.


Cecilia se arrodilló en el sofá a su derecha, llena de aprensión y vergüenza. Por un momento sus miradas se encontraron. El rostro de Laura reflejaba excitación y una cierta ansiedad. Resignada, se dejó caer sobre su regazo. Olió el perfume sutil a rosas que llevaba Laura, mezclado con el olor almizclado de su cuerpo. Las piernas cruzadas de Laura la obligaban a poner el culo en pompa. La mano de Laura presionó sobre sus caderas, obligándola a arquear la espalda para acentuar aún más esa postura ignominiosa.


‑Anda, súbete tú la falda ‑le ordenó Laura.


Al parecer, Laura no iba a perder la menor oportunidad para humillarla. Cecilia apretó los dientes y enterró la cara en el sofá. Agarró la tela de su falda con los puños y se la subió hasta las caderas con un tirón airado. El aire frío en sus nalgas la hizo saberse expuesta.


‑¡Pero qué culete más rico tienes, Cecilia! No me extraña que tengas a Julio loquito.


* * *


Los dedos de Laura le rozaron la piel del trasero, acariciando con suavidad la piel desnuda, dibujando la curva provocativa de los glúteos. Se fueron volviendo más atrevidos, separándole las nalgas para descubrirle el ojete y el coño. Un dedo le entreabrió los labios, impregnándose en su humedad, que enseguida sintió mojándole el ano. Apretó las nalgas para poner fin a esa invasión denigrante.


‑No te gustan las caricias, ¿eh? Pues entonces tendré que empezar con los azotes. ¿Qué tal este? ‑Le dio un golpecito con el cepillo ridículamente flojo.


‑¿A eso lo llamas un azote? ¿Qué pasa, que estás de coña?


‑¡Hay perdona! ‑le dijo Laura con sarcasmo‑. Es que como soy una principiante no tengo ni idea de lo fuerte que hay que pegar. A ver éste…


Demasiado tarde se dio cuenta de que había caído en la trampa. El golpe sonó como un chasquido por toda la habitación y despertó un aguijonazo considerable en su trasero.


‑¡Au! ¿No decías que no ibas a hacerme daño?


‑¡Ay, perdona! ¿Ves? Si es que no me doy cuenta de mi fuerza. No quiero pasarme contigo, sólo calentarte un poco el culo para que disfrutes y vayas comprendiendo quién manda aquí. Tú, que eres la experta en esto, tendrás que ayudarme a encontrar la fuerza justa.


‑No te cachondees de mí, encima de que me pegas.


‑Me cachondeo de lo que me sale de las narices. A ver éste…


Le dio un golpe lo suficientemente fuerte para provocarle escozor, pero muy tolerable.


‑¿Qué tal? ¿Demasiado fuerte? ¿O lo justo?


‑Lo justo ‑admitió a regañadientes.


‑Pues a mí me ha parecido más bien flojito para una masoca consumada como tú… Pero vale, empezaremos así, porque quiero que esto dure un buen rato.


Comenzó la función. Laura le propinó una serie de azotes rápidos, distribuyéndoselos bien por todo el culo. Eso hizo despertar la piel de sus nalgas, atrayendo su atención a ellas. Luego el ritmo se hizo más cadencioso y los golpes más severos, aunque aún soportables. Sentía claramente que Laura se concentraba completamente en la zurra que le estaba propinando, cada golpe era como un mensaje que le transmitía. El culo de Cecilia, desplegado en pompa en todo su esplendor, se convirtió en el universo entero para las dos, cada una cumpliendo fielmente su cometido: golpear y encajar los golpes. La fuerza de los azotes subió un punto más y Cecilia respondió moviendo el culo de un lado para el otro, en un esfuerzo tan fútil como inevitable por esquivar los golpes.


‑¡Ah! Ya empiezas a menear el culo, ¿eh? ‑le dijo Laura sin dejar de pegarle. ‑Ya me había hablado Julio del baile de los azotes. ¡Venga, baila un poquito para mí!


La cosa no acaba aquí, por supuesto. ¿Qué quiere Laura de Cecilia? ¿Qué le ha dicho Julio a Cecilia para que tenga que obedecer a Laura? Para adivinarlo, lee Amores Imposibles.

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