La sumisa consentida (parte 2)

Actualizado: 24 mar

Un encuentro muy especial entre una sumisa algo novata y un Dominante lo suficientemente experto para hacerla gozar de las formas más perversas.


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Me he dejado caer a tu lado, abrazándote. Me devuelves el abrazo y ocultas la cara en mi hombro. Sé que el orgasmo te ha dejado relajada y satisfecha, que ha alejado tu resistencia y tus miedos, pero también sé que te sientes confusa y sorprendida por haber llegado tan lejos.


-Estoy muy orgulloso de ti, ratoncito -te digo la oído mientras te acaricio el pelo-. Ya sé el trabajo que te ha costado obedecerme… Pero, ya ves, ha valido la pena, ¿a que sí?


Por toda respuesta frotas la nariz contra mi hombro.


-Has sido una buena chica, Beatriz.


Bajo la mano por tu espalda y te acaricio el culo, disfrutando de lo suave y lo caliente que te lo han dejado mis azotes. Tú sigues apretada contra mí. Tu respiración, que noto como una corriente de aire cálida y húmeda en mi hombro, se ha vuelto tranquila y regular. Te debes haber dormido. Me gusta tenerte desnuda a mi lado. Pienso en las cosas que te haré a continuación. Me pregunto si serás capaz de llegar hasta el final.


-¿No me ibas a enseñar lo rojo que me has puesto el culo? -dices de repente.


Así que no estabas dormida, después de todo.


Me te cojo en brazos otra vez y te llevo frente al espejo, eligiendo el ángulo justo para que puedas verte el trasero.


-¡Pues no está tan rojo! -dices con una risita.


-No… Más bien sonrosado. Pero no te preocupes, luego le daré otro repaso.


-¿Qué me vas a hacer ahora?


-De momento, quiero que te pongas de rodillas aquí, frente al espejo.


Sonríes porque te gusta esa postura: sentada sobre los talones, muy derecha, las manos sobre tus muslos con las palmas hacia arriba. Yo recojo la cuerda roja de encima de la cama. Te junto los brazos detrás de la espalda, los dedos apuntando en direcciones opuestas, y te los ato como antes. Estás completamente inmovilizada. Contemplas tu pecho erguido en el espejo.


-Rodillas separadas, ratoncito -te digo al oído.


Tú obedeces enseguida y me sonríes. Te gusta mucho esa postura, ya lo sé.


He hecho una cola de caballo con tu melena en mi puño y me entretengo dándote tirones para hacerte subir la barbilla. Te cojo un pezón entre mis dedos y te lo acaricio, te lo pellizco y te lo retuerzo hasta hacerlo erguirse. Hago lo mismo con el otro pezón. Has empezado a contorsionarte, pero estás bien atada y no osas abandonar tu postura. Tu respiración se ha vuelto agitada. No necesito tocarte para saber lo mojada que estás.


Saco de mi bolsa un antifaz de cuero, con el que cubro tus ojos para privarte de la visión. Te quedas muy quieta, expectante. Me coloco unos pasos detrás de ti y empiezo a desnudarme: me quito los zapatos, me desabotono la camisa. Sé que puedes oír el roce suave de mis dedos contra la ropa, imaginarte lo que estoy haciendo… pero no del todo, porque nunca me has visto desnudo. El sonido de la cremallera de mi pantalón al abrirse es inconfundible, puedo ver como te estremeces al oírlo. Ninguno de los dos decimos nada. El silencio es intenso, tirante, subrayado por los ruidos distantes de la calle.


Lo que saco ahora de mi bolsa es un pequeño vibrador. Me arrodillo detrás de ti, lo suficientemente cerca para que puedas sentir el calor de mi cuerpo en tu espalda, lo suficientemente lejos para que mi piel no entre en contacto con la tuya. Enciendo el vibrador y, antes de lo te des cuenta de lo que significa ese ruido, te lo he metido entre los labios del coño. Lo recibes con un sobresalto y una inspiración.


Al principio te resistes al placer que te impongo, retorciéndote, gimiendo. Sé que has pensado cerrar los muslos, pero has aguantado el impulso a tiempo de evitar el doloroso azote en la pierna que te iba a costar tu desobediencia. Poco a poco mi piel va entrando en contacto con la tuya: el brazo que sostiene el vibrador contra tu costado, mis rodillas contra tus nalgas y tus pies, mi pecho contra tu espalda, mi verga endurecida contra tus manos atadas. Sabes lo que es. Sabes que si cierras la mano puedes apoderarte de ella, pero tú haces como que no te das cuenta, mientras el vibrador te inflige su dulce tormento.


Te miro en el espejo, espiando cada gesto de tu rostro, el ritmo irregular de tu respiración que hace vibrar tus pechos como flanes. Te estás acercando. Detrás del antifaz que venda tus ojos te sientes segura, arropada, entregada sin duda a imágenes salvajes que invaden tu imaginación. Con mi otra mano te acaricio el pezón y eso te lleva al borde del precipicio. Espero un segundo más… dos… y consigo retirar el vibrador a tiempo de evitar que te corras.


-¡Nooo! -exclamas en un gemido de frustración.


-¡Vamos, vamos, ratoncito! ¿Qué quieres, poder correrte siempre? Las buenas sumisas se corren sólo cuando se les da permiso, ya lo sabes.


-¡Por favor, por favor! -imploras quejumbrosa.


-Por favor… ¿qué?


Espero pacientemente mientras tú te decides a formular tu súplica.


-Por favor… Déjame que me corra.


-Podrás correrte, pero no con el vibrador… ¿Vas a ser buena, Beatriz?


-No sé… ¿Que quieres que haga?


Me pego a ti y te susurro al oído:


-Quiero que me respondas a una pregunta. ¿Quieres que te haga el amor o que te folle?


Te quedas callada otro rato. Oigo tu respiración agitada.


-No sé… ¿Cuál es la diferencia?


-Te puedo desatar, llevarte a la cama ya hacerte el amor como se hace con las amantes. O te puedo follar como se hace con las sumisas.


-¿Y cómo sería eso?


-No te lo pienso decir. A las sumisas no se les dan explicaciones.


Tu silencio esta vez es más corto de lo que yo anticipaba.


-Quiero ser tu sumisa. Quiero que me folles como a una sumisa… Pero me da un poco de miedo.


-No te preocupes, ya verás como todo va salir fenomenal.


Te ayudo a levantarte y te dejo sentada en la cama mientras lo preparo todo. Coloco una silla de lado frente al espejo. Desenrollo un condón sobre mi erección. Tú te has quedado muy quieta, ciega detrás del antifaz, preguntándote qué significa lo que oyes, preguntándote qué vendrá a continuación.


Cuidadosamente, te recuesto bocabajo sobre la silla, enfrentando al espejo. Te obligo a abrir las piernas y vuelvo a deslizar el vibrador entre tus labios, pero en cuanto el placer empieza a agitarte lo retiro y te doy unos fuertes cachetes en el trasero.


Repito la operación varias veces, hasta que esa alternancia de placer y el dolor te enloquecen, y terminas por revolverte y quejarte.


Es entonces cuando, con una mano plantada firmemente sobre tus manos inmovilizadas por la cuerda en tu espalda, te penetro, lentamente, implacablemente, demostrándote que te poseo cuando quiero y como quiero, hasta que mi pubis entra en contacto con tus nalgas enrojecidas. Empiezo a bombearte despacio, pero aunque tu respiración agitada te traiciona, tú no quieres concederme la satisfacción de un gemido, de un agitar tus caderas al compás que te marco.


Agarro el vibrador, te lo planto descaradamente sobre el clítoris y eso desencadena finalmente la tormenta. Das un gritito y estiras las piernas, buscando apoyo con los pies en el suelo, no sabiendo si quieres luchar con la polla endurecida que te atraviesa o entregarte a ella. Te suelto las manos, te doy un azote en el culo y empiezo a follarte sin contemplaciones.


Mientras mi mano izquierda sigue torturándote con el vibrador, con la derecha te arranco el antifaz y te cojo del pelo para obligarte a levantar la cara y mirarte en el espejo. A mirarnos en el espejo.


Así me ves desnudo por primera vez, pero no alcanzas a verme entero, porque una parte de mí está dentro de ti, enterrada entre tus nalgas calientes y rojas, dándote tu lección definitiva de sumisión.


-¡Mírate, ratoncito! ¡Mira lo que te hago! ¿Ves? ¡Así es como se folla a una sumisa!


Intentas cerrar los ojos pero te los vuelvo a abrir de un tirón de pelo. Tu mirada somnolienta de placer recorre tu espalda, tus manos atadas, mi vientre bombeándote, el placer creciente que se refleja en mis ojos. Entonces vuelves a cerrar los tuyos y ya no puedo hacer nada para evitarlo, porque puedo ver claramente en el espejo las ondas de placer recorriéndote el cuerpo, puedo notar tu vagina apretándose espasmódicamente alrededor de mi polla. Me entierro definitivamente en ti y yo también, por fin, me abandono a mi placer.


Te he devuelto a la cama y te he desatado las manos. Tú, ahora segura en tu desnudez, apoyas la cabeza en mi hombro y cruzas tu muslo sobre mi vientre. Yo te acaricio suavemente el pelo.


-Está claro, Beatriz… Te tengo demasiado consentida.


Levantas la cabeza de mi hombro para mirarme con alarma.


-¿Por qué? ¿No me he portado bien?


-Bastante bien… Pero deberías haberme pedido permiso antes de correrte.


-Pero es que yo… con todo lo que me estabas haciendo… ¿cómo iba…? No podía…


Dejas caer la cabeza en mi hombro, frustrada.


-Tienes razón -acabas por reconocer-. No he sido una buena sumisa, sólo pienso en correrme y eso no puede ser. Me tienes demasiado consentida.


-¡Si te lo decía en broma, ratoncito! Si hubiera querido que me pidieras permiso yo mismo te lo hubiera recordado. No te preocupes, que has sido una buena sumisa. ¿Te lo has pasado bien?


-¡Muy bien!


-Pues eso es lo importante. Otro día avanzaremos un poco más en tus lecciones de sumisión.


-¿Sabes? Me alegro mucho haber elegido que me follaras. Hacer el amor no hubiera sido ni la mitad de divertido. Me gusta que me trates como una sumisa, que me folles sin contemplaciones y me dejes el culo bien caliente, como lo tengo ahora.


-De mil amores, ratoncito.


-Pero no quiero dejar de ser tu sumisa consentida. Quiero que me mimes y me hagas gozar hasta que ya no pueda resistirme a ti. Quiero que me lleves de la mano, pasito a pasito, hacia el sitio donde ya no me queda más remedio que entregarme a ti, como has hecho hoy.


Copyright 2021 Hermes Solenzol. Prohibida la reproducción.

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