Caning hasta el orgasmo

Varazos en el culo llevan a Cecilia a un final inesperado

Caned bottom
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Cecilia se arrodilló delante de Julio, inclinando la cabeza y separándose el pelo del cuello para que él le pusiera el collar. Julio hincó una rodilla en el suelo delante de ella, le puso el collar y tiró de la anilla para forzarla a levantar la cara y mirarlo. Los ojos de Julio la sondearon, desenmarañando cada una de sus emociones: el enfado del que no había conseguido deshacerse del todo, su culpa por sentirlo, su deseo de ser castigada. ¿Era verdad que la estaba leyendo como un libro abierto, o era sólo su imaginación? La expresión de Julio era seria, comprensiva. Volvió a tirar de la anilla del collar y la besó en los labios; un beso suave pero largo y apasionado.


Julio la cogió de la mano para hacerla ponerse de pie y la abrazó.


-Dame fuerte, Julio -le dijo al oído-. No te cortes ni un pelo.


-¿Por qué? ¿Necesitas que te castigue?


-Necesito algo que me saque del mal rollo que tengo en la cabeza. Necesito dolor. Y si lo quieres ver como un castigo, tampoco me importa.


-Vale, pues voy a poner música adecuada.


Julio fue al tocadiscos y se puso a buscar entre los LPs.


-¿Qué vas a poner?


Julio sonrió, enseñándole la portada del disco que había elegido. Mostraba a un hombre con pelo largo y con una flauta travesera aún más larga, con una rodilla levantada en ademán de bailar. Grandes letra rojas decían Jethro Tull.


-My God -dijo Julio.


-¡Perfecto! -dijo ella, aplaudiendo silenciosamente.


Julio cogió la vara. Estaba hecha de ratán, una madera dura y flexible especialmente apropiada para la disciplina inglesa.


Julio apartó las sillas de la mesa. Ella se colocó en la posición prescrita: las manos y los antebrazos sobre la mesa, las piernas bien derechas, el culo en alto. Sonaban los acordes de guitarra con los que empezaba la canción.


-Van a ser una docena… Más si te levantas de la mesa.


-Ya lo sé, Julio. Lo hemos hecho un montón de veces.


Se le había escapado la irritación y la rebeldía que aún llevaba dentro, lo que seguramente incitaría a Julio a bajarle los humos.


Oyó zumbar la vara en el aire. Sintió el dolor lacerante del primer golpe cruzándole el trasero. Involuntariamente, arqueó la espalda y levantó la cabeza, los ojos cerrados, el rostro contraído de dolor.


El dolor siempre es nuevo. Siempre te sorprende.


-Te veo un poco altanera esta noche, Cecilia. Voy a tener que darte fuerte.


-No me espero otra cosa de ti.


Era una provocación. Hubo otro zumbido, otro surco ardiente apenas un centímetro debajo del primero. No se quejó, pero dio un zapatazo a la alfombra.


¡Joder, sí que duele! ¡Pero me lo merezco!


-¿Todo bien, Cecilia?


-Todo bien, Julio. Esperando el siguiente.


El tercer golpe fue cruel, asestado en la sensible frontera entre la nalga y el muslo. Respiró hondo y se concentró en el dolor, negándose a huir de él, dejando que le recorriera todo el cuerpo.


-Ese lo vas a notar cuando te sientes, cariño.


Julio le pasó la mano suavemente por las nalgas, borrando con el contacto su escozor. Luego le dio dos golpes severos, muy seguidos, al tiempo que la guitarra eléctrica irrumpía en la canción de Jethro Tull con acordes tan desgarradores como la agonía que sentía. Pero ella ya había encontrado esa sintonía especial con el dolor que tanto ansiaba.


Los siguientes golpes fueron cada vez más exquisitos. Todas sus sensaciones se agudizaban con el sufrimiento, sobre todo la música, que había adquirido una calidad infernal y divina al mismo tiempo. La guitarra eléctrica chirriaba con notas tan agudas como las laceraciones en sus nalgas. Se sentía desnuda e indefensa, sometida y humillada, pero eso la llenaba de una extraña energía que le calentaba el cuerpo por dentro.


-¡Más fuerte, Julio! ¡Joder!


-Si te pego más fuerte voy a romper la vara, cariño. Pero no te preocupes, que éste sí que te va a doler.


Le pegó en los muslos, justo encima del borde de las medias, y era verdad que ahí dolía más. Dejó escapar un gemido de placer.


-Te ha gustado, ¿eh? Pues esto aún te va a gustar más.


Le volvió a pegar en el culo y enseguida después del golpe la embistió con su vientre para hacerla sentir la dureza de su erección. Inclinándose hacia delante, le dijo al oído:


-Con ese van diez. Los dos últimos serán los más fuertes.


No respondió, había perdido el habla. Pero no podía dejarle parar ahora. No quería abandonar el estado extático en el que se encontraba, en el que cada golpe la sumía cada vez más profundamente.


Julio se separó de ella. Hubo un zumbido y un restallido al impactar la vara con la piel desnuda. Soltó un largo gemido. Luego, lentamente, se puso en pie.


-No deberías haber hecho eso. Ahora te tendré que descontar el último golpe y darte dos más.


Ella asintió y volvió a adoptar su postura, doblada sobre la mesa. Julio le dio un buen varazo. Movió las caderas de arriba a abajo con un vaivén sensual. Luego, acordándose de lo que debía hacer, volvió a levantarse, moviéndose despacio, como una sonámbula.


Julio la agarró del pelo para mirarla a la cara.


-¿A qué estamos jugando, Cecilia?


Seguía sin poder hablar, pero Julio debió leer la respuesta en sus ojos. La derribó sobre la mesa en un gesto brutal y se puso a darle varazos, muy fuertes, muy seguidos, a los que su cuerpo respondía bamboleando las caderas al compás de los golpes.


Julio debía conocer el calor creciente que la invadía, el dolor-placer que se le agarrotaba en lo más profundo del coño. Estaba cerca, muy cerca. La vara se ensañaba en ella, dejando surcos rabiosos desde lo alto del trasero hasta el borde de las medias en los muslos. El goce que le producía el dolor era de un rojo cada vez más encendido, hasta que súbitamente explotó en fulgurantes destellos de placer que le recorrían el cuerpo de arriba abajo. Se sintió convulsionar. Julio no dejó de pegarle hasta que su cuerpo se detuvo exhausto. Le flaqueaban las piernas. Julio la cogió en brazos justo antes de que se cayera al suelo.


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